jueves, 30 de mayo de 2013

70.07.02.01 Zakarra, El Cabrero de Gallipienzo (Javier Sagües)

ZAKARRA
El cabrero de Gallipienzo

JAVIER SAGUÉS

"Un buen día el cabrero de Gallipienzo, en vez de
impedir que las cabras pisaran los viñedos.. .
dio riena!a suelta a estos animales que tanto
juego simbólico han dado en la filosofía
del pueblo español.. . y en un santiamén
aquel rebaño deuoró una cosecha ubérrima de vid,
dejando la economía de Gallipienzo
para el arrastre".
(José Antonio Jáuregui)




TODOS HABLARAN DE TI
Pensativo y sentencioso,
Moreno y pocas palabras,
Te bastaron por la vida,
Tu perro, el cielo y tus cabras.
Con tu estatura mediana,
vivos ojos, piel enjuta,
Veías nuevos confines
Desde tu altura impoluta.
Al de Arriba tú mirabas,
En el hombre no confías,
De la consumada ciencia
Más que muchos tú sabías.
Visten tu cuerpo de corzo,
Tallado de sólo huesos,
Boina, espaldero y mochila,
Frente al bochorno y al cierzo.
Este palo de pastor,
Que ya adornó tu navaja,
Será tu cetro de rey
Por sendas de Sancho Abarca.
Cabrero de Gallipienzo,
Rey festivo, buen Zacarra,
Todos hablarán de ti
En las tierras de Navarra.
(Valeriano Ordóñez)




ZACARRA Y SU ENTORNO

Zacarra, "el Zacarra", vivió y pasó la mayor parte de su vida en Gallipienzo, pueblo de la zona media de Navarra. Un pueblo que posee el honorífico título de "Villa", porque, según rezan los más antiguos documentos celosamente conservados en Gallipienzo, sus gentes rindieron encomiables servicios a los grandes y señores del medioevo'.

Sabemos también que de Gallipienzo partieron hidalgos y bravos escuderos hacia las Navas de Tolosa en el siglo XIII, y que el Rey Sancho, apellidado el Fuerte, otorgó a los señores de Gallipienzo derechos de peaje para los almadieros y quinteo de las ovejas en tiempos lejanos. Formaba línea fronteriza de castillos y torres con otros pueblos a lo largo del valle de Aragón. Conserva entre sus vetustas casas nombres indicativos de su rancio abolengo, como "el Duque", "el Conde", "el Rey", "el Abogado", etc.

El pueblo está situado en la cumbre de una montaña, sobre la que cabalga con un centenar de casas que se agolpan en una altitud de unos 550 metros. Al fondo discurre el río Aragón, que serpentea majestuosamente en la llanura y se pierde luego sinuoso y galopante hacia el sur, camino del Ebro. El casco fundamental de Gallipienzo aparece a primera vista como una agrupación de casas decrépitas e incómodas, con tejados musgosos donde también nacen hierbajos. Pero esto es sólo a primera vista, como hemos dicho. Porque esa primera impresión se desvanece al franquear el umbral de cualquiera de sus viviendas. La apariencia de incomodidad y estrechez no existe en realidad. En cada casa hay lugar adecuado y amplio para cocina, dormitorios, bodega, cuadra, gallinero, horno, pajar y demás desahogos propios de la gente campesina. La mayoría de las callejuelas estrechas y en cuesta se centran en tres puntos: la Iglesia, la Plaza y la Fuente. La Plaza sirve de frontón y de punto de encuentro para la tertulia dominguera y festiva.

La Fuente es el lugar de la llegada de los forasteros y el preferido de las mozas y mujeres, teatro de cotilleos y dimes y diretes, mientras llega el momento de abastecerse del agua.

Gallipienzo se agrupa en torno a dos hermosas iglesias, una en el centro y la más antigua y bella, en la cima de la colinaz. Todo ello forma un conjunto de sugestiva belleza, apetecida por los mejores pintores y fotógrafos.

Las comarcas o zonas terminales de Gallipienzo debemos tenerlas en cuenta, porque en ellas dejó sudores y vida el protagonista de esta historia, el señor Zacarías, Zacarra, como así se le conoce.

Comarcas todas ellas conocidas perfectamente por Zacarra. Sus toscas abarcas y su garrota de fresno las hollaron durante más de cuarenta años en los que desempeñó el humilde oficio de cabrero de Gallipienzo. En estas comarcas Zacarra encendía hogueras mastodónticas, olfateaba como el mejor perdiguero los nidos, las perdices, los conejos. Realizaba tiros al blanco con su honda, se explayaba en largas charlas con su perro Zartxu, y en amenos y sabrosos diálogos con Tolín, el "rapatanico" que le ayudaba en sus menesteres pastoriles.

Digamos que los nombres de estas zonas comarcales no se estudian en los libros ni en los mapas geográficos, al menos literalmente, como las gentes de Gallipienzo los conoce. Recordemos: "Capaburros", "Malpaso", "Cascallo", "Hondallo", "Caparreta", "Peña de los huevos", "Beragu", "Valescura", "Laika", "Bartasteka", etc. Así, hasta medio centenar en una extensión de 56 Km. cuadrados.

 Para terminar esta breve toma de posición, digamos que Gallipienzo posee un clima extremado. Sus duros inviernos y ardientes veranos también tienen mucho que ver en la vida de Zacarra. No en vano se han hecho famosos algunos de sus dichos como aquel de que mientras estés en Gallipienzo "en sol de invierno, en cojera de perro y en lágrimas de mujer, no debes creer". O aquel otro: "Cerco de sol, moja al pastor". Y cuando en días de calima se quitaba la boina hecho un mar de sudor, por todo solaz y desahogo decía al "Rapatanico": "Tolín, de ésta, arderá la Siberia y echarán fumaquera las piedra".



I. DONDE SE NARRAN LOS ORÍGENES E INFANCIA DE ZACARRA

Zacarra era un montañés llegado a Gallipienzo por pura casualidad, a mediados del siglo pasado. Parece ser que su verdadero nombre era Zacarías, pero sus compañeros de oficio y cuantos le conocieron le apodaban Zaca, y casi siempre Zacarra.

Debió de ver la luz primera en el Valle de Salazar, quizás en el caserío nombrado Soraberri. Nada sabemos de sus ascendiente, y podemos deducir con certeza que se dedicó al pastoreo de ovejas desde su niñez.

Su originalidad norteña y su vida larga en Gallipienzo son dos componentes importantísimos a la hora de descifrar y comprender su peculiar jerga, sus frases y dichos proverbiales y rebosantes de realismo vital.

Desde muy joven, le obligó la vida a descender desde sus montañas a las Bardenas cañadeando, en busca de pastizales. En estas trashumancias, Gallipienzo y su término era paso obligado de las cañadas.

Las cosas podían haber pasado de cualquier manera, y sin embargo sucedieron así.

Un grupo de hierbagantes, pastores y rapatanes, desalojaron las acampaderas y corralizas salacencas para emprender, un año más, el descenso trashumante, siguiendo rigurosamente la cañada real, llana como la palma de la mano unas veces, áspera y quebrada otras, convertida en lodazal en más de una ocasión, polvorienta, acalorada y sedienta otras, hasta llegar a los ubérrimos pastizales de la Ribera y Bardena del Rey, arrendados en subasta municipal.

El ajetreo de los preparativos era todo un ritual. Alimentos, borricos, boches, coporros, perros, gayatas, recuento de ovejas, corderas, mardanos, corderos, carneros, borros, irascos de cornamenta cacha y de candelero, aquerras y cabras, separación de lisiadas y recentales, y todo el complicado aderezo de esquilas, cencerros, chinchercos, trucos, raleras, chaclas, cimbales, carneleras, etc.

En medio de tanto bullicio, los protagonistas, los pastores, hacen presagios para todos los gustos.

- Muchos aforros y aguantaderas tendrá que darnos el de Arriba-, sentenció Valerio, un viejo pastor con más de treinta trashumancias a sus espaldas.
- Los aborrales del camino no son tan malos-, respondió el Boni, otro aitaborce un poco aldarro, para quien estos cañadeos resultaban una auténtica pesadilla.
- Se me da que el caloruzo de Gallipienzo a Aurino les traerá ijadeo y modorra a las corderas y habrá que acachetarlas

El que así se expresaba era nuestro Zacarra.

Declinó la tarde. Pasó la noche, y al amanecer, aquella barahúnda de pastores, perros, borricos y un ejército de ganado menor, se puso en camino. Tras algunos alcorces y vericuetos, se adentraron en la cañada. Los pastos provisionales del camino, los aborrales, servían para tomar fuerzas a aquella muchedumbre viandante, acampando por la noche en las corralizas acostumbradas y en sus aledaños.

La travesía del término de Gallipienzo fue larga y acalorada en dirección a los Aurinos, atravesando el Arenal, Las Suertes, Hondallo, Lejuga y Zabaleta donde solían pasar la noche.

Entre el balido hambriento y sediento de ovejas y cabras, los ladridos de los perros, el tintineo variopinto de las esquilas, cencerros y cimbales, Zacarra y sus siete compañeros se aproximaron a un riachuelo que cruzaba el camino con poco, pero límpido caudal, que desciende quejumbroso desde la sierra límite de Ujué. Este arroyuelo es conocido con el nombre de Hondallo, como el término donde discurre.

Y ¡qué casualidad! Uno de los borricos del convoy vino a resupinarse en medio del riachuelo, quizás por cansancio, quizás por astucia esencial borriquera, al sentir el roce del agua y las caricias de su frescura. Estos borricos portaban los alimentos y ropa de los pastores.

Providencialmente, en aquel momento, regresaban a Gallipienzo en dirección contraria unas caballerías montadas por un hombre de unos 50 años, y a su vera, una moza bien compuesta y construida, exuberante y de mediana estatura. Era su hija.

Ambos, padre e hija, acudieron rápidamente a sacar al asnillo de su resupinamiento. La faena duró pocos instantes, los suficientes para que el corazón de Zacarra y sus vivos ojos se fijaran en esa moza garrida, honestosa en apariencia, como contaría él más tarde.
El resto del camino y el día siguiente hasta Aurino Bajo, fue un ensimismamiento de Zacarra y motivo más que suficiente para salpicar la andadura con bromas y donaires, sin que Zacarra terciara para nada en todos estos lances. Prefería atender al rebaño.

Ramoncho fue el primero en arrancarse.

- Un tantico biscurnia ya me pareció en lo poco que la vi cuando bajó de su mula, ¿No es eso, Boni?

Boni no respondió directamente a la insinuación provocadora de Ramoncho, pero hizo honor a su fama de viejo faltón y siguió atizando el fuego.

- Mira tú, Zaca, que no echale ninguna habladica. Yo que tú le hubiese dicho algunos acurrunuchos. ¿No te paice?

Pablo era otro pastor, camastrón y burlón, que llevaba ruido de andraguero. Subió de tono en sus chanzas para hacer explotar al buen Zacarra en alguna salida botonuda, pero no logró sacarlo de su reserva, ya que prefería observar el ganado silenciosamente. Tolín, su rapatán inseparable, asistía ajeno a todo, prestando atención a todo el mundo de animales que le rodeaba.

Este pequeño iba tirando del ronzal de un burro cuando pasaba por Gallipienzo. Se le conocía por su nombre, y era admirado y respetado por los chicos del pueblo, e incluso esperado cada año al paso de las cañadas.

De esta guisa, llegan por el Feria1 a las corralizas de Aurino Bajo aquende de Pan de Oliva, fin de su largo itinerario. No hubo mayores percances en esta trashumancia, salvo alguna que otra res que cogió modorrina y hubo que acachatearla, es decir, sacrificarla, por resultarles imposible seguir la cañada.

Volviendo al hilo de nuestra historia, digamos que la figura de Lucy, que así se llamaba la moza casadera del episodio de Hondallo, ocupó la mente de Zacarra con persistencia machacante. No sabemos qué ocasión especial fue la que motivó el hecho de que, en el invierno, Zacarra se presentó en Gallipienzo poniéndose a disposición de la municipalidad para cuidar el rebaño de cabras de la villa. Podemos conjeturar que la necesidad de un cabrero en Gallipienzo llegó a sus oídos en la última de las deballadas4.

Este oficio tan suyo, unido a las llamadas de su corazón noble y sano, lo trajo en definitiva a Gallipienzo, dirigiéndose a casa del Alcalde, sabedor de que la máxima autoridad de la Villa tenía la última palabra en este asunto.

Zacarra, por todo saludo, se quitó la pequeña boina que siempre llevaba embutida hasta casi la mitad de la frente y apretándola con cierto nerviosismo, mientras se apoyaba en su gayata, dijo sin más requilorios:

- Soy Zacarías Eseverri Miquelena, pastor de ovejas, asalariado, el de las cañadas.

Don Joaquín, el alcalde, muy amable y acogedor lo recibió con estas palabras:

- He oído hablar de usted. Le conocemos en este pueblo.
Animado Zacarra, soltó la lección que sin duda vino repitiendo por todo el camino:

- Tengo 30 años, y llevo más de 15 cuidando ovejas y cañadeando. Este año ha sido malo. Hemos acarrazau poco. Quiero servirle en el menester de las cabras, hasta que Dios quiera.

El Alcalde y el Concejo deseaban un hombre de este tipo, y lo contrató inmediatamente de por vida.

Zacarra expuso a renglón seguido todos sus títulos, artes y oficios.

- tirar con funda, ayudar a parir a las aderezadas, muir, cocinar, hacer migas, poner lazos de conejo, perdiz y zorro, cazar jabalines con el cuchillo. Traigo conmigo a Tolín, a mitad sueldo de su servidor, y a mi perro, Zartxu. Están en la calle.

El alcalde los hizo pasar. Tolín tenía gancheras de frío en los dedos. Se calentaron y rofocilaron en el hogaril, obsequiados por don Joaquín y su mujer.

Todo quedó atado y bien atado, y nuestro Zacarra, con Tolín y Zartxu, comenzó la nueva andadura de 40 años como cabrero del pueblo.
No queremos pasar por alto el hacer saber al lector que las relaciones de Zacarra con Lucy terminaron en el episodio del borrico.

Fue muy penoso para Zacarra, amable lector, pero lo cierto es que Lucy ya estaba apalabrada con un mozo del pueblo, pudiente labrador, y con él se casó.

Zacarra ya no tuvo otro lance amoroso, y con esta nostalgia vivió su vida. De ello hablaba con su perro, y con Tolín, su rapatanico, que ha sido la fuente principal de esta historia.



II. SE DESCRIBEN ALGUNOS PORMENORES DE ZACARRA, TOLÍN Y ZARTXU

Zacarra era de carácter pensativo, sentencioso, muy dado al chiste y al refrán. Nunca tuvo ocasión ni tiempo para aproximarse a los libros. Era analfabeto a secas. Lo que no obsta para que tuviera un talante natural extraordinario. Detestaba epidérmicamente a los sabihondos del pueblo que venían de la ciudad mirando a los demás por encima del hombro. Y en verano, las pocas veces que topaba con algún estudiante presumidillo que había venido de vacaciones, solía apretar el paso para esquivarlo lo antes posible. Pero Zacarra sabía las cuatro operaciones aritméticas por tradición pastoril. Conocía el nombre de muchas estrellas y constelaciones con apelativos muy "sui generis", como las Mulillas, las Cabras, el Carretero, la Silla, Carro grande, Carro pequeño, etc.

Distinguía en su vuelo los pasamatas de las chatillas, los colirroyos de los petirrojos, las tarabillas de los culiblancos, las cardelinas de los jilgueros, los engañapastores de los torcecuellos. Era una enciclopedia al contar detalles sobre el halcón abejero, los milanos abadejeros, los chiricoteros, los culebreros, los aguiluchos laguneros, los pálidos y cenizos, que él llamaba zingiras, zurías y urdinas, los azores, gavilanes y galforros, águilas negras y calzadas, cernícalos y alcotanes.

Y no digamos el mundo de las aves nocturnas, sobre muchas de las cuales tenía sus leyendas y refranes, como las lechuzas, autillos, búhos, mozolos, y buharros.

Otro de sus saberes eran las plantas con propiedades curativas, como la golpebelarra, la cunculumbera, la cola de caballo, el cagateclas, el ataboloy.

Adivinaba la hora del día con sólo mirar al sol. Se cercioraba en pocos segundos si faltaban cabras u ovejas en los rebaños que tuvo a su cuidado. Como cabrero, avisaba a los dueños respectivos si no eran puntuales al soltarlas de madrugada, o si las abandonaban en las calles durante la noche.

Aparte de esto, era un experto guisandero y se hicieron famosas sus "migas de pastor" en algunas noches del frío y largo invierno gallipienzano.

Era de estatura media, enjuto de carnes, de tez requemada por el sol y el viento. Caminaba casi siempre cabizbajo, oteando de vez en cuando el panorama de su clientela caprina para cerciorarse de su comportamiento.

La boina pequeña, calada casi hasta la media frente. Tenía el tic de morderse frecuentemente el dedo índice arqueado de la mano izquierda mientras caminaba, quizás rumiando y estrujando en su cerebro recuerdos pretéritos, al mismo tiempo que lo tenía bien dispuesto para silbar si las cabras o Zartxu le obligaban a ello.

Se apoyaba en una gayata de fresno, especie de baldurra, muy afiligranada con dibujos de animales, árboles, pájaros, siluetas humanas, grabados a punta de navaja. Todo un documento cultural.

No entablaba conversación con cualquiera. Ya hemos dicho lo escurridizo que se mostraba con determinadas personas, sabedor quizás de que no sabía leer ni escribir. Pero su lenguaje estaba lleno de salsa, sabroso, pletórico de gracejo y muy propio de su jerga pastoril, todo ello amasado con los más nobles sentimientos.

Jamás se le oyó jurar, pero nos consta que mezclaba en momentos de enfado las más bellas jaculatorias con tacos y retacos, si observaba que los animales se apartaban del mandamiento. Se santiguaba casi instintivamente antes de cargar la honda para disparar sus certeros proyectiles. Sabía cantares y decires populares, prueba de su exquisita memoria. En fin, que este Zacarra analfabeto no tenía nada de ignorante, sino de sabio y filósofo.

Tolín era un chico que estuvo al lado de Zacarra desde los seis años. Desde esa edad realizaba con él las cañadas larguísimas hacia las Bardenas. Siempre llamaba tío a Zacarra, pero en realidad no lo era. Cuando llegó a Gallipienzo, tenía unos 10 años. Vestía como Zacarra, con espaldero de cabra, abarcas duras, cayado de fresno y la indispensable mochila, así como la embutida boina. Tampoco sabía leer ni escribir. Pero en los meses de invierno acudía a la escuela, y como tenía un talento natural muy despierto, aprendió mucho. Por otra parte, la compañía de Zacarra le ilustró de todo cuanto él sabía5.

Zartxu era un perro pastor negro, hijo de una famosa perra apodada Zarina. Era el confidente de muchos gozos y penas de Zacarra, en las ausencias de Tolín, e incluso ante la mirada atónita y los oídos finísimos del chico.



III. DONDE SE CUENTA LA TRISTE HISTORIA DE TOLÍN

Entre el río y el camino de la ermita se extiende una hondonada poblada de arbustos de monte bajo, coscojos, enebros, madroños, sabinas, lentiscos, bujacares, ilagas, romero, tomillo y espliego.

El acceso a tal lugar sólo es factible a través de un camino sinuoso y larrazco, salpicado de pudingas y revueltos peñascales, conocido todo ello con el apelativo de Malpaso.

Ello contrasta, en su adustez, con el apacible y deleitoso fondo de esta hondonada. Dicen los antiguos del lugar que allí existió un monasterio cisterciense.

Era un domingo de mayo. Con el alba, Zacarra acudió a Misa primera en compañía de Tolín. Desayunaron frugalmente. Aderezaron la casa sita en el barrialto del poblado y tras preparar el companaje, llenar de agua la cantimplora y sacar los pelajes del brusquil, salieron a recoger las cabras que esperaban remugantes por las ezpuendas de la costanera villa.

Pese a la soñera que arrastraba, Tolín se despachó con algún canticio mientras abuzaba a Zartxu y movía el hatajo.

El sol mañanero, dorado y jovial, inundaba primorosamente las sierras de Gallipienzo y de Ujué. Los juguetones chotacabras, revoloteaban por doquier. Nuestros protagonistas se dirigen hacia Malpaso.

Zacarra comenta:
- Hoy hemos tenido personal a manta de Dios en la iglesia. El cura nos ha amoláu con eso de los hipócritas. ¿Lo oíste, Tolín?
- No cogí bien. Además, la mujer que teníamos delante tosía mucho. Siempre está cimorra.
- ¡Ya! La Tomasa. Es mucho bizoca. Mucho santurrona.
- Además, tío, don Sebas en la Dotrina nos dice cuentos mucho majos. Aprendemos todo.
- Hoy don Sebastián estaba carrañoso. Ha tronau contra los andagueros, los correvidiles, los acabacasas, las calzorreras y bragueteras. Pero a mí me dio que pensar lo de los hipócritas.
- ¿Y quiénes son los hipócritas?, preguntó Tolín.
- He querido cogele que hipócritas son algo así como los churrapalos, que ponen el nido en el suelo y cantan en el árbol. ¿Me entiendes? Unos camándula~ u, nos furrufallas, unos gatamusas, unos ...
- Ya entiendo, tío. Como aquello que me contaste de un fraile llamado "Cariñoso" y que era un ladrón, girulo y farrusquiador.
- Veo que tienes mucha listura, Tolín.

Entretanto, llegaron con el rebaño al portillo que inicia el ribazal de Malpaso. Zacarra alertó al chico.

- Ya estamos en el rompecrismas. Así que jojete! No te vaya a pasar como aquella vez que te zurrumpiaste y te llenaste de brujones y rasmiazos.
- Y gracias a la coscojera. A pocas remato en cogotada contra un cantal.

El descenso se realiza con relativa rapidez, pese a lo abrupto de la senda.

El sol comienza a hacerse sentir a medida que descienden. Las toscas abarcas de nuestros cabreros tropiezan inermes en los pedruscos y ruejos. Los inquietos y hambrientos animales no dan tregua. Zartxu corretea y se emplea a fondo con las cabras que se desvían de la ruta. Zacarra, como siempre, mira al suelo y al hatajo mordiéndose el dedo índice izquierdo, y en actitud avizora. De vez en cuando, silba señalando los objetivos al fiel Zartxu. Ambos, Zacarra y Tolín, están ya sudando y aguantando el olor caprino y la polvareda que en cierta zona de la pendiente levantan las cabras.

Tolín se limpia el sudor al mismo tiempo que se quita la boina y exclama jadeante:

- ¡Qué olera y qué sofoquina! . . . ¿Llevamos agua?
- iRecristina! Al que no está acostumbráu a bragas, las costuras le hacen llagas.
- No seas mamurro, que ya vas p'arriba y serás grandote y falso como el mandingón de Pello, un pastor salacenco que era un rompetechos y siempre andaba con cansera. Dicen que cuando era zagal de 18 años, se hacía llevar a cónquilis, a alcotetas, como dicen por aquí.

Zacarra, mientras sermoneaba, sacaba y desbrocaba la cantimplora ofreciéndosela al chico, con el que jamás se mostró rutiñero, aunque siempre aleccionador y auténtico padre.

Mientras Tolín gargalleteaba a gusto, asintió la razonable queja del muchacho.

- ¡Qué calorinas! ¡De ésta, arderá la Siberia y fumaquearán las peñas!

Las cabras seguían su manida senda. No debían ir demasiado reglamentariamente las cosas. Porque, acabar de apagar su sed Tolín y empezar a gritos nuestro Zacarra fue casi simultáneo.

- iIskaaa ... ! iRecojotes de pelandusca! Ya empieza a amolarnos el día la peliforra de siempre.

Una cabra negra y mocha había tomado otra senda para dirigirse a una pequeña ripa sembrada de avena. Zartxu se encargó de poner las cosas en orden.

- Ya llegamos, Tolín. Allí, al fondo, a nuestra izquierda, tenemos la fuente. Un manantial fresco. Podremos echar el taco. Por la tarde, subiremos a la peña de los chiricoteros avizorando el hatajo. Aquí hay un almutada de pasto y mucho bueno. Pa subir a la peña, lo haremos por la espalda. De otra manera nos esnucaremos.

Poco quedaba ya para el final. En esto, una majestuosa bandada de buitres sobrevolaba solemnemente sobre sus cabezas a la búsqueda de carroña.

- ¡Escucha, Tolín!. ..

Pese el estrépito que formaban las cabras por aquel fragoroso camino, unido al sonar de las esquilas y los balidos de los cabritos y recentales, podía percibirse una especie de zumbido proveniente de las alturas. El roce contra el viento, todavía suave, de las enormes alas de aquellos carroñeros era la causa y origen de ese silbido un tanto misterioso que les llegaba perfectamente a los oídos, producido por esos veleros imponentes que son los buitres leonados.

Zacarra no desprovechó la ocasión para contar a Tolín su particular ciencia sobre estas rapaces.

- Esos buitres -"butres", decía él- van a buscar el almuerzo. Vienen de las Peñas altas, donde viven y crían un pollo al año. Tienen mucho fato, pero sobre todo, vista. Sólo comen carne muerta. El primero que atisba la carroña avisa a todos con movimientos de las alas. Luego, se raya hacia el animal muerto, y todos le siguen.

Tolín le seguía embelesado. Zacarra prosiguió su lección:

- Lo primero que se jaman son los ojos. Esto lo suele hacer el más viejarrón de todos.

Después se acercan los demás, y se comen los mejores bocados, las entrepiernas, las carajeras, las polpas, en un cogivete.

Estas y otras explicaciones dio Zacarra a Tolín. Entre tanto, las cabras se habían ya detenido en la hondonada, buscando cada una su entretenimiento que, gracias al cielo, era abundante.

Nuestros cabreros se introdujeron por una especie de cañaveral y con templaron placenteramente la fuente que manaba cantarina, al mismo tiempo que se desembarazaron de la mochila y arreos.

De bruces, bebieron una vez más sin prisas, sobre todo el chico, que cuidó también de reponer su cantimplora por si acaso tenían que proseguir.

- Hoy no se moverán de aquí en todo el día. Tienen pasto de sobra. Son cerca de las diez, dijo Zacarra mirando al sol, y podemos sentarnos aquí para echar un bocadico.

Sacó Zacarra del bocillo el companaje de pan y chula de tocino, del que dieron buena cuenta. Zacarra solía beber un poco de vino, y no todos los días. Prefería el agua pura y fresca de los manantiales, de los torrentes y de las regatas bullidoras.

Mientras cerraba la vieja y rugosa bota con el brocal y después de restregarse con el dorso de la mano, reflexionó en alta voz, a su estilo:

- Tolín, aunque el vino lo bebió Jesucristo y los curas lo beben en Misa, hay que tenerle respeto por eso mismo. No olvides aquello que yo aprendí de mi padre, y que él aprendió de su abuelo: "De las aves que levantan el rabo, la más peligrosa es el jarro". Y aquello que nos decía el Boni, el pastor aquel de mal genio.
- iAh, ya! Contestó rápidamente Tolín: "El vino, desde que lo pisaron, se escapó de los pies para refugiarse en la cabeza".

- Buena coscola tienes, Tolín, terció Zacarra. Todo esto quiere decir que el vino hay que tomarlo con moderación, y poco a poco.
- Tío, un día me dijiste que el vino curaba el catarro, la cimorra.
- Claro que sí, y también lo decía el Boni: "Al catarro con el jarro". Pero en este caso lo tomamos los pastores y gente del campo como "medecina", que como sabes, cuando Dios da la llaga, da la "medecina".

Después de un buen rato, se levantaron para dar una vuelta y observar al detalle la situación del hatajo. Todo estaba en regla. Zartxu también había participado del banquete. En cosa de una hora, apenas si mudaron de lugar los animales, por lo que decidieron caminar poco a poco a la peña de los chiricoteros. Allí pasaron el resto del día, incluida la comida, hacia las tres de la tarde. El panorama era bucólico en extremo. El cuadro que dibujaban los animales paciendo, el cañaveral de la fuente, el camino serpenteante de Malpaso, la vieja y derruida ermita de la cumbre, el río perdiéndose a lo lejos entre montañas, era digno de contemplarse.

Zacarra, después de comer, echó la siesta de ritual sobre la misma roca, mientras Tolín se entretenía con la honda, haciendo puntería a una pila de piedras que colocó a cierta distancia.

No sé si Zacarra durmió o sólo caviló. El caso es que, aprovechando un momento en que Tolín se acercó, cansado ya de lanzar piedras al viento y al blanco apilado, Zacarra tomó un aspecto triste, casi perdida su mirada hacia la lejanía de la cumbre, donde se yerguen las ruinas de la ermita.

- Tolín.
- ¿Qué quieres, tío?

Zacarra, tan suelto de lengua con Tolín, parecía zozobrar y las palabras no acertaban a salir. Por fin continuó:

- Tú me llamas tío, pero en realidad no lo soy.

Tolín parecía volver a nacer otra vez. Desde que comenzó a vivir lo llamó así. Siempre lo tuvo a su lado, siempre lo acompañó, con él dormía, con él vivía, de él aprendió todo, de su tío Zaca, verdadero padre para él.

- Como ya eres un hombre, pues tienes 12 años, debo contarte algo que debes saber.

Quizás nos preguntemos por qué llegó Zacarra a contarle al chico la historia de su origen. Y la razón es ésta.

En el último paso de la cañada por el pueblo, uno de los pastores le había reclamado al chico. Zacarra, entendió a duras penas que Tolín debía ser devuelto a un pastor apodado el Zaborte, hermano de la Luteria, mujer muy conocida por Zacarra como ahora veremos. Nadie jamás supo nada de esta triste historia de Tolín, que él mismo escuchó boquiabierto de labios del tío Zacarra, tío en su creencia ingenua e inocente hasta este momento inolvidable para él, sobre la peña de los chiricoteros, ante un panorama encantador, en una tarde de mayo. Y aquí podrá también escudriñar el lector los nobles sentimientos y alma hermosa de Zacarra, y dar gracias al cielo para que no falten hombres como él, ni chicos que tengan la suerte, en este podrido mundo, de recibir las orientaciones, consejos y educación que él pudo adquirir de su inexistente tío, al cual le tuvo tanto cariño y ternura, que mejor y más exacto y real sería llamarle padre.

Zacarra se quitó la boina como sintiendo un inmenso respeto al relato que se disponía a proseguir.

- Pues verás, Tolín. Luteria era una moza malachandra y martuza de nuestra tierra que se vendía por quesos, y por panes, y hasta por una cesta de setas.
- No entiendo eso de malachandra y que se vendía ...
- Quiero decirte, Tolín, que se arrejuntaba con cualquiera para tener hijos.. .

Tolín parecía temerse lo peor, y frunció el ceño, quitándose la boina.

- El caso es que una mañana muy de madrugada, una mañana lluviosa de febrero, no como ésta que nos ha salido hoy, fui a la borda a echarles el pienso a las ovejas. Ese día no era posible salir a los pastos ...

Me llevé petardo al ver señales en el barro que se dirigían hacia la caleta de borda.. .

- ¡Ladrones, tío Zaca! A que sí ...
- Verás, Tolín. Apreté bien la empuñadura de la baldurra y seguí adelante. Zarina, la madre de Zartxu -entonces era todavía casi una cachorrilla-, aulló fateando algo raro ... Casi al mismo tiempo que la perra aullaba, unos gritos terribles y con ijadeao ... como de mucho dolor, salían desde el fondo de la paridera.

Tolín cambió la postura para no perder un ápice de la historia.

- Por si acaso, también eché mano del cuchifarro. Cogí el candil, que siempre lo tenía colgando entrando a mano izquierda, lo encendí con valor y con miedo. Los gritos seguían aumentando. Ahora eran también resuellos y quejanzas. Me dirigí al fondo de la borda, y al instante descubrí una mujer despatarriada y mirando fijamente al techo, que estaba trayendo un hijo al mundo. La conocí enseguida.

- La Luteria, dijo Tolín.
- Así es, Tolín, como tú lo dices. Era la Luteria. Aunque llevaba ruido de amaliciada, ten en cuenta que era una pobrecita, de pocas luces, muy fácil de engañar. Y ya sabes que en este mundo hay poca honestosidad y muchos aveletas carniceros.
- Me gritó en un primer momento: "Kampora, vete de aquí, largo de aquí".

Pero yo, al ver aquella pobre mujer mirando hacia el techo y retorciéndose de dolor, le dije lo único que se me pasó por la cabeza.

- Puedo ayudarle.

La verdad, Tolín, que nosotros los pastores lo único que sabemos de esto es lo aprendido con las ovejas, y cuando vemos al albeitar con los animales en las pariciones de vez en cuando. No tuve nada que ayudar, pues tras un grito terrible vino un niño a este mundo.

La Luteria se había traído toallas. Pues has de saber, Tolín, que ya iba por el tercero o cuarto en las mismas circunstancias. Se lo llevó a la ciudad, a una casa de monjas. Al cabo del tiempo, lo sacaron de allí. Un hermano de Luteria que llamaban el Zaborte, se lo trajo al caserío, pero el Zaborte se tuvo que ir a Francia al trabajo de la leña, y entonces al quedar el chico solo, me lo entregó a mi cuidado.

- Y ¿qué fue del chico, tío Zaca? ¿Podría venir aquí para poder estar juntos? ...

Zacarra se volvió a poner la boina y ojeó momentáneamente al ganado que pastaba con enorme tranquilidad. La tarde iba cayendo. El pueblo lejano de Cáseda recibía los últimos rayos del sol. Zacarra, sacando fuerzas de flaqueza, prosiguió.

- El chico era majo y mucho listo. Aprendía las cosas muy requetebién. Conocía pronto las ovejas. Las cuidaba, era muy amañado para todo ese muetico.

- ¿Y cómo se llamaba ese chico?

Después de una pausa reflexiva, Zacarra añadió:

- Se llamaba Antolín, que era también el nombre del Zaborte, pero todos le Ilamabámos Tolín.
- Como yo, ¿verdad, tío Zaca?
- Como tú, Tolín. Y ahora Tolín sabe leer y hacer cuentas, y muchas cosas, y es mucho morretes, y es pastor como el tío Zaca, y viste de pastor, y lleva boina, y tiene 12 años ...

Así fue Zacarra enumerando todas las cosas buenas de Tolín. El rostro de Tolín iba transfigurándose desde la tristeza del relato, desde la angustia y el dolor, hasta la alegría. Primero, muy lentamente, luego a oleadas, parpadeando, adivinando lo que iba a decir el tío Zaca. Cuando la serie de pinceladas que iba dibujando Zacarra estaba en el momento álgido, explotó Tolín en una risa de alegría mezclada con lágrimas, se puso la boina y se fundió en un abrazo con Zacarra y, entre risotadas y sollozos, Tolín continuó sin despegarse del tío Zaca:

- Y tiene un padre que se llama Zacarías, y yo lo llamo Zaca, y es el más bueno de todos, y el mejor pastor del mundo, y sabe mucho, y me quiere mucho. ¡Viva mi padre! ¡Viva mi padre!..

Zacarra no acertaba a despegarse de Tolín. Por fin se separó un poquito, lo justo para poder mirarle la cara y contemplarle alegre y cubierta de lágrimas y dijo:

- iRicoime! jricontra! jrecojotes! y ¡viva mi hijo Tolín!

Alegres como nunca, todavía tuvo tiempo Zacarra de coger la honda y derribar el montón de piedras que había puesto Tolín para sus ejercicios de tiro. Silbó Zacarra tres veces, Zartxu cumplió a la perfección sus obligaciones y emprendieron el regreso por Malpaso más felices y contentos que nunca.

Aquella noche durmieron plácidamente. Es como si las aguas de un río revuelto hubieran encontrado su remanso. Y es que Zacarra tenía la espina clavada desde que el chico fue reclamado por el Zaborte. Ahora quedaría todo a voluntad del chico, según le habían dicho en el Ayuntamiento. Pero Tolín, que no era tonto, sabía muy bien a qué árbol se arrimaba y a cuál no debía arrimarse.



IV. DONDE SE PONDERAN LAS BUENAS RELACIONES DE ZACARRA Y TOLÍN CON LOS CHIQUILLOS

Zacarra era amigo de los niños del pueblo, aunque tenía que contentarse con verles tan sólo por las tardes, a la hora del encierro, en uno de los corrales del pueblo. En los meses de invierno, encerraba en una borda pequeña, y cuando el calor comenzaba a dejar sentir sus efectos radiantes, lo hacía en otro corral, llamado de la villa, espacioso, amplio. El encierro duraba breves minutos, los suficientes para que los animales salieran con destino a sus casas bajo las atentas miradas de Zacarra y Tolín. Éste, incluso en los meses de escuela, no faltaba a la llegada de la cabrería. Era todo un acontecimiento para la chiquillería del pueblo esta recogida de las cabras.

Hasta el momento preciso en que los pelajes del hatajo hacían su aparición en las inmediaciones de estas corralizas, la chiquillería de Gallipienzo improvisaba una enorme variedad de juegos, desde el "marro" hasta el "burrico de las alforjas", las "cuatro layas", "escondite", "tres navíos en la mar", "a la una andaba la mula", "el pote", "el cinto", erc. etc. Todo un repertorio lúdico.

A estos juegos de movimiento, se añadían otros, según las épocas del año, como el "alentruño", "canicas", "tabas", "repelón", "tú la llevas" y otros del estilo. Como en todos los pueblos, los chicos tenían su more. A las chicas también les llegaba en más de una ocasión su correspondiente apodo.

Y jqué casualidad! Jamás se les ocurrió a esos rraviesillos chicos y chicas añadir ningún sobrenombre a Tolín, salvo el de "Rapanico", con el que se le conoció de siempre por su oficio. Tolín asistía a la escuela los meses invernales, se hizo amigo inseparable de muchos de esos chicos y chicas, y de mayor recordaba los nombres y sobrenombres de la mayoría de esos pequeños, y muchas de las aventuras corridas con ellos. Digamos que jugaba a todo y se hizo querer por su nobleza y buen carácter. Jugaba al "alentruño" con amachautines que le traía Zacarra del monte. Son los frutos del boj, llamados chocolateras por los chicos del pueblo. Con esos amachautines o chocolateras enseñó a los chicos y chicas otros juegos, como el "Albroch". Tolín era número uno en varios juegos, como el de "la churra".

Volviendo a lo de su feliz memoria para recordar nombres y apodos de sus amigos de infancia, Tolín hablaba con recuerdo emocionado de "el Mostillo", "el Vinagre", "el Gateras", "el Caguera", "el Mediopito", "el Mocoverde", "el Currusco", "el Morrochoto", etc.

Haciendo más esfuerzo, recordó aventuras tenidas también con las chicas. Sólo se acordaba de "la Guindilla", "la Sargantana", y "la Culona". Recordaba Tolín, ya entrado en años, que a Manuel le llamaban "el Mostillo" porque merendaba todos los días pan con un dulce casero llamado mostillo. A Agustinico, le decían "el Currusco" porque acudía a todas las citas diarias de sus camaradas con la esquina de una chosne, el "currusco" tradicional. Y así, a todos los demás los traía a la memoria Tolín explicando la adecuación del mote con lo que era, tenía o hacía cada chico o chica.

Solía la chiquillería en los buenos días de primavera salir a esperar a Zacarra que venía como siempre, con Tolín, o sin él, según la época del año, pero inevitablemente pensativo, mordiéndose el dedo en actitud cavilante.

Una tarde del mes de marzo, un grupo de chicos y chicas decidieron ir a la espera de la cabrería. El programa quedó diseñado en un abrir y cerrar de ojos por el "Currusco" y "el Mediopito". Dos o tres chicas se añadieron a la pandilla. Unos doce sumarían en la comparsa. Decidieron, en su proyecto, hacer una hoguera, asar patatas, jugar al zurrupero y esperar a Zacarra.

Cada uno llevó dos hermosas patatas para la rifolada y el "Berzas" se encargó de llevar la sal. El pan no hizo falta. Aquellos estómagos de niños de diez años no eran capaces de más.

Se encaminaron hacia la parte alta del pueblo, en los aledaños de la ermita. Los chicos y chicas recogieron leña, tastaburres, broza, troncos, boj, etc. La majestuosa hoguera no se hizo esperar, si bien antes gastaron tres cerillas y sólo les quedaba una. El "Currusco" ordenó a todos ponerse alrededor suyo para evitar la menor penetración del aire, y con toda seriedad litúrgica dijeron repetidamente: ;''Viva Dios!", hasta que prendió definitivamente la hoguera.

El asado de patatas era muy fácil. Se partían por la mitad, y se ponían al rescoldo hasta que la piel se tostaba y la fécula se pusiera blanda. Luego se añadían unos granos de sal, y comenzaba la merienda con la mayor alegría y fruición del mundo.

Para terminar la merienda, después de refocilarse todos contando gracias y a modo de final de fiesta, aprovechando las brasas y tizones, encendían de nuevo la hoguera con ramajos copudos. A este hoguera la llamaban la charada, y todos juntos cantaban mientras las ramas de boj pedorroteaban:

"Charada, charada,
que vienen los de Sada,
con la camisa chirriada".

Así terminó la primera parte del programa. Como de costumbre, se cercioraron antes de marchar de que el fuego estaba totalmente extinguido. Era una buena crianza que los padres cuidaban con esmero de inculcar a sus hijos.

Por unanimidad, guiados por el talento organizador de "el Currusco", el zurrupero lo instalaron a pocos metros de los muros de la vieja ermita. Consistía en marcar una especie de surco con los pies, en una pendiente de unos cinco metros. La operación siguiente se limitaba a verter agua sobre el mismo, y acto seguido se deslizaban sobre él a gran velocidad. Previamente se cuidaban de poner un tope en la parte inferior de la pendiente. Solía ser un arbusto o un hueco natural del terreno. Dicen las historias que los chiquillos, sea por las prisas, sea por no tomarse la molestia de ir a la balsa vecina a traer agua en el buche, como era habitual, lo solucionaron haciendo pipí sobre la pendiente del surco. Esto constituía un ritual atávico.

Comenzaban los niños y en el entretanto las chicas debían mirar a la parte opuesta bajo la vigilancia turnante de un chico. Luego hacían las chicas la misma operación, pero los chicos debían colocarse apoyados sobre el muro de la ermita, de pie, como castigados, para alejar sospechas. Las chicas daban la señal de paso del peligro gritando " jzurrupero, corredero!".

Por supuesto que "Mocoverde" y algún otro que intentó mirar de reojo fueron metidos en cintura por "el Currusco", que se acaloraba por nada y daba hule a cualquiera.

Jugaron de lo lindo hasta que en los pantalones y en las culeras no cabía más barro. Las caídas y el salto por encima del arbusto que servía de meta eran muchas veces inevitables.

La cabrería comandada por los boques venía acercándose por el camino llano que recorre la altura de la sierra.

El sol iba declinando. La silueta lejana del santuario de la Virgen de Ujué se dibujaba enhiesta sobre la montaña. Detrás del hatajo, los niños podían divisar perfectamente a Zacarra, Tolín y Zartxu.

Los chiquillos tenían mucho respeto a Zacarra, no sólo porque era el pastor solícito de sus cabras, sino porque las pocas veces que trataba con ellos les contaba cuentos y les decía cosas sobre los pájaros, los nidos, el modo y maneras de cuidar a las cabras cuando estaban enfermas, el mejor modo de atender a los cabritillos, etc. En sus familias aprendían los niños a respetar a Zacarra.

Pero siempre surgen los ocurrentes en dichos y cantares. Y hete aquí que, a iniciativa de "el Vinagre", pasó por aquellas cabecitas infantiles la idea de cantarle unas letrillas a Zacarra y a Tolín. Sin duda que "el Vinagre" las aprendió en su casa, pues tenía una abuela tan arrugada como burlona. El caso es que nuestros amigos y amigas se medio escondieron entre unos coscojos dominando perfectamente el hatajo y los cabreros. Solo asomaban sus cabezas. A una señal de "el Vinagre" y con la venia de "el Currusco", comenzó el improvisado orfeón infantil a cantar repetidamente:

"Ya vienen las cabras,
ya viene el cabrero,
ya viene el Zacarra
chupándose el dedo".

Antes de repetir el burlesco estribillo, las risas y el jolgorio eran fenomenales. Cuando se cansaron de ese cantar, añadieron este otro:

"Ya vienen las cabras,
vienen los cabreros,
Tolín y el Zacarra
chupándose el dedo"

Por cierto que "el Vinagre" enseñó a las chicas otra letrilla originaria también de la misma fuente, su abuela, pero con distinto sonsonete. Ellas se encargaron de llevar la voz cantante, sin que los chicos, por supuesto, se quedaran mudos. El "Mocoverde" tenía voz gritona, aunque gangosa, y se hacía notar. La letrilla en cuestión decía:

"Si te casas con pastor
comerás sopas de leche,
pero no te faltarán
caparras en el moñete".

No tuvo mucho éxito esta canción y volvieron a las de antes con epílogo de alegre algarabía.

Se me antoja pensar que ni Tolín ni Zacarra se enteraron del argumento de dichas canciones, aunque sí de la música. El ruido de las cabras, el campanilleo de las esquilas en un cromatismo variadísimo, no hacían posible enterarse del texto de las canciones. Pero es que, además, Zacarra y Tolín, alegres y contentos de ver a la chiquillería que les esperaba, más que como chanza lo debieron de tomar como canción de bienvenida. Digo esto porque, de improvisto, Tolín y Zacarra se pusieron a tararear el sonsonete de la canción, al mismo tempo que levantaban unos cabritos recién nacidos que colgaban de sus manos, improvisando una especie de danza.

Toda la cataplea se levantó y salió disparada hacia los cabreros. Les dejaron los cabritillos. Era el mejor regalo y la mayor gozada que Zacarra podía dar a la chiquillería. Cogieron los cabritillos, los acariaron y rápidamente se ofrecieron a Zacarra para llevarlos a las casas respectivas.

Antes, Zacarra, observando los traserillos de la pandilla, les reconvino y les sermoneó cariñosamente. Porque el tío Zaca hacía siempre bien, sin mirar a quién. Y más de una vez repetía aquello de que "el perro y el niño, donde ven cariño" 6.

Cuando se adelantó la chiquillería hacia el pueblo para cumplir el recado, Tolín los observó de nuevo y comentó con Zacarra sobre la regañina que les esperaba. Zacarra quitó hierro al asunto diciendo a Tolín que "la coz de las yeguas nunca hacen mal a los potros", aludiendo a los padres cuando castigan. Y que, por otra parte, estaba seguro de que los chiquillos volverían de nuevo al divertido juego del zurrupeto por aquello de que "tañe el esquilón y duermen los tordos al son".

Damos por supuesto que los niños recibieron en sus casas la correspondiente tocata a "culo pajarero" como dicen por esas tierras. Pero dieron todo por bueno. La tarde maravillosa que habían disfrutado hacía soportable todo.



V. DONDE SE DESCRIBE UNA MEMORABLE JORNADA CON PASTORES, YEGUEROS, DULEROS Y BOYEROS

Cuentan antiguas historias de Gallipienzo que, una o dos veces al año, los pastores, yegüeros, duleros y vaqueros se ponían de acuerdo para pastorear juntos en una zona elegida con antelación. Normalmente era un domingo o día festivo.

Estas convivencias pastoriles eran abundosas en dimes y diretes, en dichos y hechos rebosantes de gracejo, en anécdotas curiosísimas, en bromas o en cuchuflainas como las llamaba Zacarra, rezumando siempre filosofía popular y aguda ciencia, vertidas en estilo inimitable y peculiar lenguaje por estos personajes de nuestra historia.

Tolín, coprotagonista de estos acontecimientos, recordaba en su vejez una de estas jornadas memorables, relatando con vivos colores detalles interesantísimos referentes tanto a los hechos en sí como a las personas que los configuran.

El dulero de la villa era por aquel entonces un tal Valero. Otro señor Ilamado Celestino, apodado "el Muñigas", era el boyero o vaquero de unas once vacadas de monte pertenecientes a otros tantos vecinos del pueblo, con un total de unas 150 reses de ganado vacuno rojo, de sierra. El señor Celestino era también vaquero particular de un tal don Floro, importante ganadero de Gallipienzo.

Otros dos pastores, con sendos rebaños a nombre de don Juan Ezpeleta y don Claudio Zubiri, estaban con los presentes.

Y con todos ellos, por supuesto, nuestros amigos Zacarra, Tolín y ZartXU.

De cada uno de estos personajes, salvo de los pastores de ovejas, Tolín sabía muchos datos importantes para esta historia.

Valero, el dulero, también llamado yegüero, tenía ese oficio municipal, consistente en cuidar el ganado mayor, caballar, mular y asnal, los domingos y días festivos, con una soldada de dos reales mensuales. En las ordenanzas que se conservan se dice que "en rayando el alba, hará sonar el cuerno con la pujanza necesaria para que cada vecino saque sus ganados a las puertas de la villa en no menos de veinte minutos entre la primera y segunda sonada".

Se sabe que Valero era un verdadero experto en el manejo del cuerno o cuerna, como la llaman algunos, extrayendo del mismo sonidos tapados, abiertos, redondos unas veces y claros otras, con rara habilidad.

Valero vestía una hosca zamarra, a veces un áspero tabardo, remendado cien veces por él mismo. Calzaba abarcas con pieletas y portaba alforja y una gayata de avellano. No es ocioso el recordar que Valero, además del cuerno, cosía mucho y bien con un bastaburrin o lezna y con aguja saquera o caporraz. Solía llevarse al campo arreos de caballerías, para arreglarlas, agrandando con ello su pequeño sueldo.

Celestino era, según lo dicho antes, vaquero general y boyero particular de don Floro. Se pasaba muchas horas limpiando las cuadras de plastones y aseando a aquellas vacas que no eran suyas de todas sus cascarrias. Por ello mismo su esencia y existencia estaban impregnadas de un olor vacuno penetrante y emanante que, según Tolín, recordando las palabras auténticas del tío Zaca, "echaba unas turrufadas que tiraban p'atrás". De ahí el remoquete de "el Muñigas".

Celestino, por añadidura, era un hombraz, alto y fuerte, coloradote en extremo, con sobresaliente barriga.

Para concluir esta descripción del boyero de don Floro, nada mejor que lo que conservamos del mismo Zacarra, siempre según Tolín.

"Es mucho sabido que Celes era un hombrón que echaba unas tafadas que tiraban p'atrás. Aluego llevaba ciquiña en su vestir y en las pialetas y abarcas. Esto no es suponer que fuera fardel ni zarrataco. Se aguapaba mucho bien pa la Misa. Eso sí. Era pero que mucho bueno pa la Iglesia. Mucho arrimáu a todo lo de rezar y a los curas y todo el consistorio pa decilo pronto. Tenía pacencia y aguantadera pa largo. Sólo lo vi furo por cafrada de un manfrodita del pueblo que en la misma portalera de la iglesia, al tiempo que nos íbamos pa dentro le murmutió, según se supo, unos decires que le dieron mucha gibancia:

"Anoche soñaba yo
que mi marido era un rey
y por corona tenía
una muñiga de buey".

Como íbamos entrando, el Celes no le pudo dar de burciadas al canco. Celestino era mucho forzudo, con biscor a regalo.

Era también platicante en heridas, empanadizos con carduba y bálsamo tranquilo7. Más saber de esto no tenía, aunque se contaba que a las mujeres las sanaba de enredos y desarreglos con algunas potingas que él solo sabía".

Esta descripción del "Muñigas" por parte de Zacarra nos empieza a reflejar el matiz observador y positivo de Zacarra para enjuiciar a los colegas del gremio.

Nada en particular conservamos de los otros pastores.

Y entramos a vivir con estas honradas gentes lo que aconteció en uno cualesquiera de esos días.

Cierto domingo de abril, tras la Misa del alba que ofició don Sebastián, el cura de Gallipienzo, salieron hacia Valescura, Zacarra, Valero, Celestino y Tolín. Zacarra hubiese preferido que su inseparable rapatán Tolín se hubiera quedado en el pueblo aprovechando el domingo para que jugara con la criería, pero no fue posible disuadirle. Por otra parte, renqueaba un poquito al andar, desde algunos días atrás. Tolín era valiente y no se quejaba nunca de sus males. Sólo la sed le podía, y suspiraba de continuo por las aguas de las fuentes cristalinas.

Mirando al cielo, Zacarra se cercioró de la hora. Las nueve en punto. En ese momento enfilaron el camino de Valescura, que transcurre por la cresta y la ladera de una sierra que se pierde en la demarcación de Ujué.

En primavera, este camino era una delicia. Las hojas nuevas de los robledades comenzaban a verdear. Los coscojales, lentiscos, enebros y madroños, lanzaban al aire sus brotes primerizos. Las carrascas, el boj y arbktos, cuajados de frutos, las manzanillas de pastor, alfombraban el suelo de farolillos rojos. La vista se perdía por la izquierda hasta donde discurre el río, divisándose junto al serpenteo plateado las casitas blancas del molino. Y entre el río y el camino por el que marchan nuestros hombres, un mar de arbolado de monte bajo, carrascas, labiérnagos, madroños, sabinas y durillos. El perfume del espliego, tomillo y romero, embalsaman el lento caminar.

No faltan a la cita los habitantes canoros de siempre, que Zacarra los cataloga y tipifica al instante por su simple vuelo o canto: la curruca rabilarga, el pin-pin, el nerviosillo petirrojo, el ruiseñor, el churrapalo, la calandria. Hasta un picatronco cantaba por el cercano monte de Beragu, así como el machacón y obstinado cuco. Hasta rompieron el aire inesperadamente, como jugando con nuestros hombres, dos parejas de abubillas, gallicos de San Martín, que pusieron su nota polícroma en este paseo mañanero.

El día estaba templado. Un leve vientecillo azotaba los semblantes de los pastores, protegidos con sus acostumbrados arreos. El cielo se mostraba azul, de un azul intenso como el plumaje de dos ansarones o patos de río, que, raudos, descendieron hacia la badina del Aragón.

En lontananza se dibujaba la silueta del santuario de la Virgen que, infaliblemente, fue saludada fervorosamente en este amanecer de abril dominical. Se descubrieron, y Celestino, "el Muñigas", dijo devotamente:

"Mal enemigo,
no vengas conmigo,
Yo voy contigo,
Virgen María.
Para ti sea este día".

Y todos respondieron: "Amén, Jesús". Se cubrieron con sus boinas. Tras la silueta del Santuario y sobre la torre del mismo, unas nubes blancas de contornos duros, como mármoles, serían prontamente disipadas por el sol que ya avanzaba y bañaba con sus rayos el panorama montaraz.

En fin, todo era simple, ingenuo, infantil, como los paisajes de los pintores antiguos. Tan dulce, tan religioso, tan bucólico, como los versos de los poetas seráficos, que diría Ricardo León.

Hacia las diez del día llegaron al sitio prefijado. Cabras, mulos y demás animales comenzaron a desparramarse traviesamente por entre los pequeños arbustos del lugar. Los pastores se asentaron en la falda de un montículo que les resguardaba tanto del viento como del sol. A su derecha descollaba como un centinela avizor el Santuario. El volteo de sus campanas llamaba a los fieles a la liturgia dominical, y nuestros hombres, una vez más, recordaron a la Virgen al escuchar los lejanos ecos del campanario.

Entre Zacarra, Valero y Celestino, no cabían disensiones. Era demasiado dura su común vida, y anidaba en sus corazones y mentes la sensatez suficiente para que la concordia reinara entre ellos. El respeto era proverbial entre estos sencillos pastores, y la admiración mutua por sus respectivos conocimientos era digna de los mejores sabios.

Zacarra, pensador y sentencioso, sabía que Celestino era un verdadero santo, un entendido en curanderías, en plantas y en hongos. Más de un rancho de toda clase de talofitas habían compartido juntos, sin miedo a la menor intoxicación.

Y tanto Zacarra como Celestino admiraban los juicios certeros de Valero en su mundo de los mulos y caballos, de asnos y potros. Todos los animales tenían su nombre y así los llamaba Valero. Además, Valero conocía el arte del preparado de los cuernos para sacar de ellos perfectos sonidos. Conocía las zonas de los ríos y de los arroyos más propicias para pescar con unos botrinos y trasmallos que él mismo se fabricaba mediante unas lanzaderas de palo de avellano.

Estos respetos y admiraciones recíprocas no era óbice para que de vez en cuando discreparan y cambiaran sus pareceres sobre diversos puntos de vista, en los que el fondo de la cuestión eran banalidades, y la salsa y pimienta se cifraban mayormente en su vocabulario y jerga pletórica de sabor y sabiduría.

Así iba transcurriendo el día. Mientras Tolín, con Zartxu, se responsabilizó de los animales, dándose esporádicas vueltas por la zona, Zacarra, con Valero y Celestino, prepararon un apetitoso y suculento rancho de patatas y conejo, junto a la pared de una paridera vecina.

Tolín hizo la bendición, por ser costumbre entre los pastores de estas tierras que el más joven lo haga. Sentados en unas piedras que previamente prepararon y descubiertas las cabezas, Tolín dijo devotamente:

'Jesús con San Blas,
y la Virgen María
bendigan este pan
y toda la comida.
Come y reposa,
no tengas miedo
de ninguna cosa.

"Amén, Jesús".

La comida y la sobremesa fueron animadísimas. Zacarra, al ver a Valero que estrujaba la bota en un larguísimo trago, contó lo de un pastor aragonés en las Bardenas, que, cada vez que bebía, se ponía la mano en el pecho y afirmaba con gran gozo: "Ya ha bajado por aquí la Virgen del Pilar". Celestino  contó historias de ladrones y bandidos que hacían de las suyas por los corrales de la zona.

No sé por qué, pero cuentan que a Valero le dio por hablar de la importancia de los mulos y mulas, de los híbridos, decía él en su lenguaje entendido, de la importancia, decimos, de esos animales en Gallipienzo. Según él, eran más aptos para el trabajo, más rentables, más seguros de uña, en un terreno escabroso en el que les tocaba desempeñar sus labores. Los caballos y yeguas son más arrogantes y de más prestancia, decía Valero, pero son falsos y de menos aguante y sobriedad que los mulos y borricos. Tolín aprendió entonces, por primera vez, que los mulos y mulas proceden de cruzamiento entre caballos y asnas y entre borricos con yeguas. Es algo que podría contar a sus amigos, y así demostrar a "Currusco" y demás comparsa que también él sabía más que ellos en algunas cosas.

Tras el rancho, reposaron satisfechos, y, mientras, Tolín decidió darse una vuelta para ojear los animales y Celestino, provisto de un zacuto, recorrió el contorno haciendo variado acopio de milhojas, verneras, baceras, grama, kirtagorris, malviscos, lenguas de perro, pie de león y botón de gato.

Zacarra y Valero seguían dormitando plácidamente. En cuanto regresó Celestino, "el Muñigas", extrajo del zurrón un puñado de hierbajos que fue seleccionando con sumo cuidado, y los puso sobre una piedra de forma de loseta no muy gruesa que colocó sobre las brasas del rescoldo. Los revolvía con un palito de romero, posiblemente elegido con intenciones terapeúticas.

Cuando toda la mezcla estuvo perfectamente tostada, la redujo a polvo finísimo con sus propias manos, y la volvió a colocar sobre la loseta en las brasas. Tolín volvía pacífico y cojeando un poquito de su tarea vigilante.

Tras breves instantes, Celestino retiró de las brasas la mezcla medicinal, valiéndose de la boina, ya que la loseta estaba intocable. A un guiño del "Muñigas", Tolín le siguió detrás de la tapia de la paridera. Lo demás fue todo muy natural. Tolín se bajó los pantalones y el Moñigas descubrió un hermosísimo, rojo y purulento divieso en el glúteo izquierdo. Tolín se puso de bruces, mientras que "el Muñigas" le aconsejó que mordiera la boina. Celestino colocó el polvillo sobre al absceso, y sobre el mismo, su propio pañuelo en un simple doble. Luego sobrepuso la loseta ardiente y añadió otro nuevo doble del pañuelo. En este momento, Tolín enpezaba a sentir dolor y apretaba la boina con rabia mezclada de esperanza. El Muñigas daba la impresión de estar amasando algo, como intentando ablandar o madurar el inoportuno forúnculo de Tolín. Así estuvo un buen rato. Advirtió al chico que mordiera con fuerza. Estaba claro que Celestino no quería en modo alguno hacer sufrir al chico. Hacía la cura con suavidad y no demostraba para nada la enorme fuerza que escondía en su enorme corpachón. El caso es que en un momento, mientras le contaba a Tolín una historia de rancamuelas, dijo: "Por la amargura y escozura a la hermosura". Y dio un empentón último, que hizo ver las estrellas del firmamento a Tolín.

- "Ya está listo, chico". Quitó los envoltorios. El absceso había estallado, expulsando enorme cantidad de pus y sangre. Todavía añadió "el Muñigas" algunos leves estrujones de propina. Todo quedó perfecto. Tolín estaba gozoso y la cojera desapareció por momentos.

Todavía tuvo tiempo Celestino para hacerle respirar hondo sobre otras hojas que calentó para despejarle la nariz de un resfriado mal curado que arrastraba.

Volvieron a juntarse para unas partidas al tres en barra hasta que el sol daba muestras de querer ocultarse tras el santuario. Decidieron regresar a Gallipienzo. No hubo conciertos de pájaros, ni panoramas encantadores. Todos, contentos y felices, en amena charla y en jerga sabrosa. Sólo el búho dejaba caer su canto monocorde. Zacarra apostilló:

"Si el búho no canta p'al tres d'abril,
o ya está muerto o está pa morir".

En efecto, era la primera vez que en este año le habían oído.

Y así, contentos y jacarandosos, desanduvieron el camino de Valescura, dejando detrás Beragu y Barrelengu. Más contento que nunca caminaba Tolín, que además de haber sanado sus tristes posaderas, podía respirar hondo el vapor de las cabras mezclado con el del Muñigas y el del espliego y tomillo del camino. Además, podría contar a Mocoverde y al Currusco muchas cosas que había aprendido en ese domingo inolvidable de abril.



VI. HISTORIAS QUE CONTABA ZACARRA JUNTO AL HOGARIL

La luz mañanera, señoreando el cielo, se esparcía plácida y radiante por las casas y lomas de Gallipienzo, bañando el contorno con tintes exquisitos de plata.
- iAibalá! jAibalá! ... ¡qué solazo nos viene! dijo Tolín desperezándose, mientras abría los postigos del único ventanuco que tenía el cuarto-dormitorio que compartía con el tío Zaca.

Zacarra seguía en la cama. Y es que Tolín debía acudir a la escuela del pueblo, que por entonces la regentaba un maestro llamado don Teo, y no sabemos si hacía referencia a don Teodoro, don Teófilo, o don Teófanes, que cualquiera podría serlo.

Por cierto, don Teo estaba encantado de los progresos y agudeza de Tolín.

Aunque Zacarra era muy levantero y desconocía la pereza, en este día arrastraba un pequeño dolor en la parte coxígea.

El día anterior, por la noche, a la hora de encerrar, se cirristró al pisar unos cacabilores y cirrias de los pelajes en el descubierto de la corraliza, según contó a Tolín al llegar a casa. Era también día lluvioso y el blandor del piso contribuyó al resbalón..

A las palabras del chico anunciando alegre el luminoso día, Zacarra sentenció sin moverse del lecho, queriendo reflejar lo caprichoso del tiempo, y las pocas confianzas que le infundía el mes de marzo:

- jTolín! Febrero es loco y marzo no poco. Para los viejos y los animales es un mes mucho pijotero. Razón tenía aquel salacenco al decir que cuando marzo mueve el rabo, no deja pastor enzamarrado, ni carnero encencerrado.
- Hoy va de bueno todo, tío. De amarguras como ayer, no caerán.
- Eso espero, y que este sol me traiga mejora a este niemo acaballáu que me da mucha matraca. Las cabras no quedarán al buen aire ...

Mientras esto decía, Zacarra saltó de la cama y se fue hacia el rincón de la palangana y, al tiempo que vertía agua en la misma, dijo en voz baja:

- Con agua y con sol, Dios es el criador.

Se asearon ambos rápidamente, calentaron unas sopas de leche y una tortilla con birica que sirvió para companaje de Zarraca y para el almuerzo de Tolín en el recreo de media mañana. La comida la solía hacer los días de escuela en casa de Valero el yegüero, que le calentaba al fuego lo que el chico le llevaba.

Antes de despedirse hasta el anochecer, Zacarra recomendó a Tolín que tuviese mucha cuenta con el "Currusco", que era muete mucho tunante y picardioso. Tolín acudió a la escuela y todo transcurrió normalmente como siempre.

Zacarra esta vez se dirigió hacia la zona sur del poblado, descendiendo casi en picado por una costera que baja en dirección al río.

A su derecha, quedaba un imponente cerro con la "Peña de los ladrones", surgiendo poderosa e infundiendo temor y respeto a cuantos la contemplan. Forma recovecos de difícil acceso, nido de alimañas y cubil de ladrones y bandidos desde tiempos seculares, según rezan historias de Gallipienzo.

Zacarra conocía algunas de estas historias de boca de Celestino, "el Muñigas", y se las contaba a Tolín junto al fuego, en las largas y duras noches de invierno, antes de retirarse a dormir. Tolín, a su vez, relataba las escaramuzas y anécdotas tenidas en la escuela y en los juegos con sus compañeros.

Zacarra pasó el día, como hemos dicho, en los aledaños del río. Su única compañía, como tantas veces, fue Zartxu. Al abrigo de una carrasca, pasó prácticamente todo el día. Tuvo tiempo para hacer una hermosa hoguera, para preparar lazos de perdiz y de conejo, y plantarlos en lugares adecuados, para darle una buena sorpresa a Tolín, como tantas veces lo hacía.

Contaba Tolín, de mayor, que durante las comidas solitarias del tío Zaca, "su caletre tenía un baladre0 de pensares mucho sabirondos y tartarriaba con el perro tan campante".

En esta ocasión, no tenemos testigos, pero traemos como anillo al dedo uno de tantos relatos que nos han llegado de Zacarra:

Mientras comía Zacarra junto a su perro amigo, el animal, después de candonguear unos momentos, se tumbó lamiqueándose una de sus patas delanteras. Zacarra, comenzó en aquel momento uno de sus célebres monodiálogos con el perro.

Amonestando y reconviniendo al animal con el dedo índice, inició de esta guisa sus habladeras:

- iZartxu! Ningún perro engorda lamisquiando. Con dinero y con pan bailotea el can.

Y alargó inmediatamente un pequeño ceneque y un tasajo de carne algo canucida traída del macharde. Aguardó a que Zartxu acabara su jamancia y cuando se le quedó mirando como esperando nuevos regalos, Zacarra prosiguió solemne:

- iZartxu, amigo! Como no eres duro de coscola, y siempre me miras callandoso, me entenderás esto. Ni tú ni los de tu raza podéis venir a mandamiento a zaborrazo limpio, ni estos sinsorgos que tú y yo cuidamos pueden entrar en vereda a mordiscos.

Zacarra acarició y ordenó un poco la calforra del perro y prosiguió:

- Ni a peñazos, ni a mordiscazos, como dice Celes. Cuando vas alrodiar a las parranderas pa buscalas y traelas, guarda esos dientes. A la pelandusca canosa le marcaste una mordida en las tripas que a pocas le sacas el cimborrio. Hubo que curala y cosela con ayuda del Celes.

Con las burricies y botonas, tranquilo. Escarmentalas sí, pero no estropicialas. Ayer estuviste mucho agudico con la mocha de la carnalera que se nos escurrió hasta el olivar de Crispulo, y le diste una mediana escocedura. ¡Bien, sartén! Dije pa mis adentros viéndomela ya coja. Todo acabó en una rasmiada en el braguero. Mejor que mejor. Tampoco podemos acobardiarnos ante desaires como los de esa mocha, que le da por los olivares. Ni gato en palomar ni cabra en olivar.

Si la dejas coja, pior que pior. Las cojas y con patera, las más cacateras. La cabra coja no quiere siesta. Nos daría más quihacer que una burra con siete boches como dice Valero.

Con esto que te estoy sermoniando quiero decite que perros, cabras y niños, donde ven cariño, y sin echar en saco roto que zurra mangana, es cosa sana, que bondad quita autoridad y que a la cabra loca, los mordiscos le hacen cuerda.

Estos y otros razonamientos y sentencias puso Zacarra a consideración de Zartxu, que le escuchaba con exquisita atención y rigurosa compostura.

Tanto que Zacarra, no se sabe si por el sentimiento con que exponía su retórica o porque la atención canina le maravillaba, terminó su exposición todo emocionado, moqui-moqueando y llorisqueando, según contaba Tolín de casos como el presente.

La tarde caía rápida, y en la altura, apenas se distinguía el torreón de la iglesia de Gallipienzo. Zacarra recogió el hatajo y se encaminó campante y rampante hacia el pueblo, como todos los días, entre sus silbidos, los ladridos de Zartxu y el concierto de las esquilas.

Toda la chiquillería y Tolín con ellos, esperaron en la borda de invierno a la cabrería.

Zacarra volvió muy cansado a casa, donde Tolín ya le había preparado el fuego con fornilla y tastaburres, y dos buenos sutondos de roble.

Cenaron un guisado de patatas con conejo. Zacarra trajo dos del campo y una farnaca cogidos a lazo.

Con el calorcillo del hogar, mientras los hermosos troncos se consumían parsimoniosamente, llegó el mejor momento, el más esperado.

Tolín contó a Zacarra muchas cosas, entre ellas la travesura de Pedrico, Agustinico y Clarica.

La travesura en cuestión fue totalmente improvisada, como casi todas la que se tramaban en Gallipienzo.

Las cabras de la señora Cristi se habían metido en la barda de Perico, "el Mediopito". Le faltó tiempo para dar el grito de alarma a sus amigos y vecinos, Agustinico, "el Currusco" y Clarica, "la Guindilla".

Cerraron la salida de la barda y no tuvieron otra ocurrencia que hacer una guerrilla con la leche de las cabras, disparándose cada uno desde las ubres del animal que previamente se sortearon. Para ser vencedor, había que dar de lleno en la cara del contendiente, por lo menos tres veces. La vencedora fue Clarica, "la Guindilla". Nuestros tres pillastres tuvieron cuidado de lavarse bien la cara en la fuente antes de regresar a sus hogares.

Pero de nada les sirvió, porque los animales llegaron a casa desprovistos del peso habitual, y en cuanto la señora Cristi comenzó a ordeñarlas, advirtió el desfalco. Al día siguiente la noticia ya era voz común, y hubo tocata matutina en las casas de los tres guerrilleros.

Zacarra escuchó con atención, mientras atizaba el fuego, y por todo comentario dijo a Tolín:

- Esos muetes tienen el colmillo ahumado. Pero les da igual. Por un gustazo, que venga el trancazo.

Te voy a contar lo sucedido hace unos años al señor Ramón y la señora Juana..

- Los aitaborces del "Mostillo", aclaró Tolín.
- Resulta, continuó Zacarra sin inmutarse, que bajaban de recaderos o geroberos con un rocín a Zaragoza. Seguían el camino que orilla al río, donde he pasado hoy el día ... Dicen que era día de mucha boira, de mucha calamoquina, pa que entiendas. Cuando llegaron más abajo del "Salto del Ciervo" ...
- Donde nos salieron hace unos días aquella manada de "jabalines", apostilló el chico.
- Eso es. Pero esta vez, al señor Ramón y a su mujer les saltaron de un recodo una banda de ladrones armados de trabucos y grandes cuchifarros como éste (Zacarra, señaló el enorme cuchillo de cortar sopas que tenía clavado en un tronco junto al hogaril).
- Saltaron disparando al aire, atronando todo el valle del río. Era ya al atardecer.
- Y ¿qué pasó?, inquirió, angustiado, Tolín.
- Se abalanzaron sobre los pobrecitos, con más saña que los "jabalines" y gritaron:
- "La bolsa o la vida y, si no, patas arriba".

Son los modos que utilizan los bandidos para robar.

El chico era todo ojos y oídos. Zacarra prosiguió:

- El señor Ramón les dio todo el dinero ...
- Y ¿qué más les hicieron?, preguntó una vez más el chico.
- Los manosearon y repasaron bien. Y una vez que comprobaron que no tenían ni un real más, los desnudaron ...
- iPa tiralos al río! atajó el chico.
- Los desnudaron y los ataron a unos robles con la misma soga que llevaban el rocín. Los pusieron separados como unos diez metros.
- Y ¿qué hicieron los ladrones?, seguía preguntando con curiosidad Tolín.
- Los ladrones se pusieron sentados cerquita para contar el dinero y repartirlo.

La señora Juana, desnuda y abochornada, como te puedes imaginar, levantó un poco la cabeza buscando a su marido, pero lo que divisó a lo lejos fue el torreón del Santuario de la Virgen de Uxúa y dijo muy bajito:

"Virgen María, Virgen bendita,
líbrame de todo mal
y de esta gente maldita".

Decir esto y marcharse los ladrones hacia el monte sin hacerles nada más, fue todo uno.

- Y ¿cómo se quitaron las amarras?, preguntó el chico.
- ¡Cosa milagrosa!, repuso Zacarra inmediatamente. Las cuerdas se le cayeron a la señora Juana de su cuerpo sin el menor empeño de su parte. Cuando se vio libre, se vistió y buscó rápidamente al señor Ramón pa desatalo. Se volvieron en esa misma noche al pueblo. Desde entonces, van todos los años en el mes de mayo a visitar a la Virgen de Uxúa, y les acompaña mucha gente con mochorros y todo.
- Los ladrones y bandidos ¿dónde se esconden durante el día?, preguntó medroso Tolín.
- Los de la historia que te he contado, se escondían en la Peña de los ladrones que ya conoces. Desde allí, dominaban el camino del río, y cuando la ocasión se les presentaba, bajaban todos con su jefe para atracar a las gentes de los pueblos. Ir por esos caminos con dinero es lo mismo que meterse en la boca del lobo. Porque lobos y pior que lobos son esos canallas. Cambian de jefe de vez en cuando, porque todos deben aprender bien el oficio de hacer mal. Quien con lobos anda, a aullar se enseña.

Y así, al calorillo del hogaril, debajo de la "cheminera" como recordaba Tolín, el tío Zaca y él se refocilaban y lo pasaban entretenidamente todas las noches antes de entregarse al sueño reparador.



VII. DE CÓMO ZACARRA Y LOS DEL GREMIO CELEBRARON UNA NAVIDAD

Los meses últimos de aquel año fueron crueles e inmisericordes para Zacarra y los pastores de Gallipienzo. De septiembre a diciembre, hubo días de auténticos aguacierzos escalofriantes y de vendavales rabiosos, que hicieron penosa y abrumadora la tarea de estos pobres pastores.

Cuentan que en uno de esos días aciagos y tormentosos, un rayo acabó con la vida de varias ovejas de don Juan Ezpeleta y a punto estuvo de dejar carbonizado al pastor del rebaño.

Justamente para augurar un buen año y olvidar cuanto de desabrido e ingrato había tenido el que finalizaba, los dos ganaderos y al mismo tiempo carniceros de Gallipienzo, don Juan de Ezpeleta y don Claudio Zubiri, acordaron celebrar una Nochebuena conjunta con sus pastores y todos los del gremio pastoril, dulero, vaquero, cabrero, etc. Todo correría a su costa.

Convinieron también en que la cena tendría lugar en casa de don Claudio Zubiri, por ser más espaciosa y no tener tanta fumaquera como la de don Juan.

Digamos que don Claudio estaba casado con la señora Marga, y tenían dos hijas de diez años la pequeña y catorce la mayor.

La señora Marga conocía perfectamente la artesanía quesera. Esto, unido a la carnicería y a la venta de lana, hacía de esta familia una de las mejor situadas del pueblo.

La familia de don Juan Ezpeleta era de otro estilo. Él era soltero, y en la carnicería le ayudaba un sobrino de nombre Nicolás, de apodo "Zampahigos", a causa de su proverbial afición a esta fruta.

Dicen las historias de Gallipienzo que Don Juan tuvo una novia que le dio plantón por el solo hecho de ser pastor, y se casó con un mozo de labranza.

Zacarra solía contar a Tolín que estos lances amorosos de mozas arrimaderas de labradores y no de pastores se debían a que "llevamos ruido de cimurros y cirriosos, con olor a cachurrina y otras cosas piores". Por eso aquello de

"No te cases con pastor
que huelen a cachurrina,
cásate con labrador
que huelen a rosa fina".

Unos días antes se reunieron por la noche don Juan y don Claudio y programaron la fiesta del siguiente modo:

Cena con fansaina, cabrito, morcillón, orejones y gaztambera de propina.

Seguiría la Misa de Gallo o de los pastores.

A continuación ronda de esquilas y esquilones, pidiendo aguinaldos por todas las calles del pueblo, incluido el barrialto y barrioabajo.

Al día siguiente, como siempre, los ganados no saldrían al campo. Cada dueño los mantenía en casa y las ovejas en sus corralizas.

Don Claudio y don Juan no tardaron en contar con la palabra de asistencia de todos, Valero, Celestino, Zacarra, Tolín, los pastores y Nicolás.

Hubo repaso de villancicos para la Misa, mesa y ronda, con acompañamiento de guitarra por parte de don Juan, una vieja pandereta y un improvisado instrumento de percusión que ideó Zacarra con cuatro tibias de cabrito cosidas con liceta y que producían un carraqueo curioso al frotarlas con un ruejo.

Y llegó la noche, pletórica de alegría y algazara en medio de cantares, decires y buen humor, sin que faltara tampoco una típica danza pastorela tradicional en que se involucraron todos, desde la señora Marga, hasta sus hijas y Tolín.

 - "Aquel cenorrio -contaba uno de los pastores- tuvo mucho buen apaño por parte de la dueña, la mujer de don Claudio, el corracilero mayor del pueblo. La señora Marga, como le decíamos, era mujer gobernuda, pechona y aquella noche estuvo también cotorreta. Nos arrejuntamos bastante personal, aunque don Sebas y algún otro invitado no pudieron acompañarnos".

Zacarra recordaba muchas veces en su vida esta Nochebuena tan especial.

- Todos hicimos mucha, pero que mucha amiganza. El cizorrico de la fansaina nos desenronó los galluelos para poder con todo lo que aluego vino, y pa gritar y cantar toda la noche. El cabrito asado echaba mucha olorica.

Cantamos en la función con guitarra y un chiflo que tocaba uno del pueblo que decían el garapitero. Otro de los pastores tocaba con un coico, y yo acompañaba con la ristra de hueso.

A la Misa siguieron cantares en el Belén que hacía don Sebas y la criería de Gallipienzo con musgo de Beragu.

Aluego nos fuimos de ronda por todo el pueblo, con toda la jarcia, y con una burra de Valero aparejada con zalma y anganeta pa meter los regalos. A mitad de ronda tuvo que retirarse Celes por estar un poco concurrico. La víspera fue día de mucho airuz y una alburrucada le empentó contra una esquina estropiciándole el costillar".

Hasta aquí el relato de Zacarra. Se sabe también que encendieron una enorme fogata en la plaza con fajos traídos de una barda próxima, que hicieron migas con sebo, y todavía algunos pudieron "rader" a gusto unas costillas traídas por don Juan el de la guitarra y se agotaron una bota y dos colodras de vino.

Se cuenta también que Zacarra dejó de acompañar con su ristra, y puso un chincherco o cencerro en una garrota que levantaba en alto al mismo tiempo que saltaba con mucho vigor.

El estruendo de esquilas era tremendo, ya que todos llevaban unas diez o doce ceñidas a la cintura.

Al amanecer, coincidiendo con la aparición de una fría llovizna que Zacarra la llamaba langarra y a veces narria, convinieron en retirarse a dormir, acordando también que Valero, dueño de la burra, se llevara los abundantes regalos a casa para hacer el reparto en el cabo de año ya próximo.

Se conservan algunas de las letrillas de los villancicos que estos pastores cantaron en aquella Misa de Noche Buena y en la ronda por el pueblo. Advierta el lector que una de las letras hace alusión a Nicolás, "el Zampahigos", sobrino y ayudante de Don Claudio, presente en todo este acontecimiento:

Esta noche es Noche Buena
y no es noche de dormir,
que está la Virgen de parto,
y a las doce ha de parir.
Ha de parir un chiquillo ,
blanco, rubio y colorado,
que se ha de llamar Manuel,
pa que cuide del ganado.

Como canción de ronda, cantaron éstas, entre otras:

A esta casa hemos llegado,
muy contentos a cantar,
y los amos que hay adentro,
aguinaldo nos darán.
Si nos habéis de dar higos,
no les quiten los pezones,
que aquí tengo un compañero,
que se los come a montones.
A la noche, cuando vuelva,
he de tener un guisado,
orejones bien calientes
y un morcillón bien asado.



VIII. DONDE SE REFIEREN ALGUNOS DE LOS MAS FAMOSOS DICHOS DE ZACARRA

Ya sabemos que Zacarra era propenso a mantener conversaciones enjundiosas y sesudas con su perro Zartxu.

Eran soliloquios expresivos de su saber popular, amasados y cocidos a su peculiar estilo y guisa, durante tantas horas, días y años de soledad pastoril.

Tolín reflejaba primorosamente este aspecto de su tío Zaca cuando decía que "mi tío era achiquenque a discurrimientos de mucha listura, pues era muy caviloso. No le hacían ni apurra de gracia la gente que tartaria y dice burrumbadas. Nunca tuvo amiganzas con furrufallas ni sabirondos que paice que tienen mucho explique y mi tío les decía que no eran ni picha ni borro."

"Alicuando, mi tío Zaca decía cosas raras que nunca oí en la escuela, ni en la dotrina, con don Sebas. Una vez a uno de Gallipienzo que le decían el forero y que paicía un sabelotodo, mi tío lo llamó abogau de secano y riñeron porque ese hombre había dicho algo a mi tío sobre la pacida de las cabras en Caparreta. Mi tío le tenía mucha inquirria, lo llamaba eso que dije y arbolario, facistol, buscarruidos y así otras cosas."

Tolín escuchaba estos razonamientos de su tío con el perro, y en más de una ocasión terciaba en esas habladeras, aunque lo corriente y natural para el rapatanico era irse a jugar al chute, a la churra o tirar piedras con la honda de modo que furrunchelaran.

No obstante, el chico tuvo muchas ocasiones de oír las proverbiales frases de Zacarra y conservarlas fieles en su memoria.

Conviene advertir que muchas de esas sentenciosas parrafadas eran producto originalísimo de este célebre cabrero, y otras, oídas en su infancia de rapatán y cañadero, aunque elaboradas en su idiosincrasia irrepetible.

Otra aclaración importante es que Tolín a los quince años cumplió con la escuela, y salía cada día con su tío Zaca. Tolín siguió asistiendo por la noche a unas clases llamadas de "vela" en la Escuela de Gallipienzo.

Los que conocieron a Tolín aseguran que heredó de Zacarra su estilo tajante, contundente, seco y puntilloso.

Son muchos los temas que Zacarra sacaba a colación en sus discursos ante el perro y ante su rapatán.

Conservamos un auténtico arsenal de filosofía popular sobre el tema pastoril, el tiempo, los diversos animales, las mujeres, los hombres, los clérigos y monjes, los santos, la salud, etc.

Creemos que los más curiosos y rebosantes de ciencia práctica que nos han llegado son los relativos al sexo femenino en general, y a los clérigos. Antes de entrar en este tema, debo advertir al lector de la historia de este humilde cabrero que no pierda el verdadero y real concepto de Zacarra cuando escuche de sus labios palabras y expresiones peyorativas, tanto para las mujeres como para los clérigos.

Zacarra tenía enorme respeto a todo lo religioso. Era un verdadero amigo de don Sebas y de cuantos párrocos y ayudantes conoció. Les mandaba mediante Tolín parte de ternascos, leche, culestro, queso, higadicos, etc.

Un detalle que corrobora esto es que no faltaba jamás a Misa del alba, y repetía pasajes enteros del sermón.

Otro detalle es que en más de una ocasión coincidió con las rogativas en el momento en que salía al monte con la cabrería, y Zacarra y Tolín se quitaban la boina y se arrodillaban en el suelo con humilde reverencia.

En cuanto a la mujer, Zacarra tenía frases de una enjundia soberana cuando hablaba de la mujer como esposa y madre, como podrá comprobarse en los consejos que daba a Tolín sobre el matrimonio.

Entonces, debemos concluir que este sencillo y sabio cabrero aprendió desde muy niño esos dichos, como antes dijimos, cerniéndolos y elaborándolos a su estilo, y trayéndolos siempre según el momento oportuno y circunstancia adecuada, con la mayor naturalidad del mundo.

Se me ocurre pensar que el recuerdo perenne de Lucy, la moza del episodio de Hondallo, o la escena de la borda con la Luteria, o las reminiscencias de lo recibido por su madre, de la que nunca habló y de la que nada sabemos, fueron rescoldos entre cenizas que encendieron el fuego vivo de sus adagios, tan variopintos de matices y sabrosos de contenido.

En cuanto a los clérigos, solía Zacarra meterlos en juego en cualquier tema. No sabría yo decir en qué podría fundarse esa su proclividad a dicha temática clerical y casi siempre con tintes y ribetes de crítica.

Encontrábanse nuestros protagonistas en las llamadas Peñas Altas de los montes de Caparreta. Era un día inclemente del mes de abril, próximo a la Semana Santa. Un día de alternancias de sol, frío, llovizna de amarguras, como la llamaba Zacarra, y cierzo royo y fuerte.

Como siempre, encendieron la ritual hoguera, tan apetecible en esas cumbres. El viento los azotaba sin piedad y las cabras, ajenas a las inclemencias del tiempo, pacían a sus anchas por la falda de una pequeña vaguada.

No fue tan fácil prender fuego a las ramas humedecidas. La broza estaba lloviznada y aunque Zacarra, además del mechero de pedernal con yesca, solía llevar cuerdas viejas de esparto y estopa para prevenir este tipo de circunstancias adversas, esta vez le engañó el amanecer soleado y no llevó repuestos de emergencia, fiándose en las brozas, aliagas y tastaburres.

En el preciso momento de encender la hoguera, como siempre, Zacarra, Tolín y el perro se apretujaron cucurricos para evitar que el airaz reinante les jugara una mala pasada, como tantas veces.

Tolín, como lo tenía muy bien aprendido de sus amigos del pueblo, decía muchas veces:

¡Viva Dios! ¡Viva Dios!

No debía funcionar bien la operación, ya que Zacarra comenzó a perder su temple, y explotó.

- Tolín, esto no hay Dios que lo encienda. Ni con Dios ni con el fuego se juega. No tenemos ni broza, ni estopa ...
- Tío Zaca. Don Sebas sermonió hace unos días contra el baile que hacían en una era, y dijo algo de que la estopa no vale pa encender el fuego, y que las mozas no deben andar con los mozos. ¿S'acuerda usté? ...

Zacarra, ya malhumorado, respondió con rapidez:

- Eso te digo. Que no tenemos estopa, ni broza seca, ni yesca, y esto no tira, irecojonio!

Debió calentarse la broza a fuerza de chisporrotear el pedernal, y finalmente, prendió el fuego, mientras Tolín incansablemente repetía lo de ¡Viva Dios! ¡Viva Dios!

Incorporados de su postura, y mientras echaban ramas, Zacarra se despachó con esta consideración.

- Tolín, don Sebas estaba un poco furo y carrañoso porque en el carnaval los mozos y mozas fandanguiaron y se encorralaron juntos en algún sitio, como se corrió por el pueblo; aunque no debieron pasar mayores desaguisados según se supo.

Si mi cabeza no me engaña, don Sebas dijo que "ni estopa ni broza entre tizones, ni mozas entre varones".

- Así es, así es, dijo Tolín. Lo de broza también lo dijo.
- Y si no lo dijo, lo digo yo. Y más aún, Tolín. El hombre es como el fuego, la mujer como la broza, llega el demonio y...
- Echa todo a perder, como nos enseñan en la dotrina, contestó Tolín.
- Llega el demonio y sopla, Tolín.
- Y ¿por qué el demonio apaga el fuego?, inquirió Tolín.
- Sopla pa que arda, pa que hagan acurrunchos y corroclocos pa que entiendas de una vez. Que paice que tu listura está hoy mucho tardana.
- Ahora entiendo, tío Zaca, todo lo que sermonió don Sebas, y todas las cosas que mis amigos "Mediopito" y "Mocoverde" contaban de los mozos y mozas.

Sentados en una piedra junto a la hoguera, merendaron queso con medio pan cabezón. Zacarra solía decir que "media vida en el monte es la fogata y otra media queso con hogaza".

Siguió Zacarra aclarando a Tolín el tema de mozos y mozas, mujeres y hombres con una claridad y unos matices moralizantes, que muchos hijos quisieran haber recibido de sus progenitores.

Zacarra contó al rapatanico una historia de lobos feroces que atacaron a un rebaño, y que un pastor con su perro los puso en fuida. Zacarra, como acordándose de algo, dijo muy pesaroso:

- "El cabrero guarda sus cabras de muchos lobos, y a la mujer no puede de un hombre solo".

Es difícil encontrar el objetivo directo de estas frases en la mente de Zacarra. Sólo podemos sospechar que quizás se tratara de una alusión a Lucy.

Después de beber el poquito de vino que acostumbraba, era ya una muletilla oírle sentenciar:

- "Tabaco, vino y mujer, echan el hombre a perder".

Y este otro que nos transmitió también la buena memoria de Tolín:

- "El fuego, la mujer y el vino, sacan al hombre de tino".

Recordaba también este pequeño rapatán que, por la época de acarrazar, al salir de la escuela acudía a la zona que Zacarra le señalaba para traer los cabritos en un borrico que el Ayuntamiento ponía a su disposición.

El burro daba a veces muestras de rebeldía y cerrilismo, y Zacarra, que nunca fue capaz de pegar al animal, solía despacharse con esta frase:

- "El burro y la mujer, a churrazos hay que vencer".

Tolín recordaba muy de mayor que una tarde invernal y ventosa, como casi todas las de este tiempo en Gallipienzo, se encontraban bastante cerca del pueblo, por la zona de la Concepción. Estaban al resguardo del frío en una hendidura de la roca que tradicionalmente se llama la "Cabaña de los curas". El nombre le viene, desde tiempo inmemorial, porque el párroco y beneficiados del pueblo salían a tomar el sol a ese lugar citado, al mismo tiempo que hacían sus preces rituales.

Pues bien, en esa tarde de invierno, Zacarra se despachó con un larga letanía de sentencias y dichos que, a mi juicio, constituyen uno de los mejores arsenales de cultura y sabiduría popular.

En esta ocasión el tema mujeril se mezcló con el de frailes y clérigos.

Se me ocurre pensar, a juzgar por lo aleccionado que salió Tolín de la escuela de Zacarra, que este hombre siempre tenía en su intención primera, la formación de Tolín, intentando con su peculiar estilo didáctico hacer del chico un hombre honrado y trabajador, como así resultó.

- Mira, Tolín, has de saber que en las casas, si no canta el gallo, cantará la gallina.
- Tío Zaca, los gallos cantan siempre, y las gallinas cuando saltan del ponedor también cantan y cuando culequian.
- ¡Ojete, Tolín!

Zacarra puso su mano sobre la cabeza de Tolín y, mientras le daba unos suaves golpecicos, le dijo:

- Mete bien en tu cogota esto. En las casas ocurre a veces que los hombres, los maridos, pa que entiendas, son unos ababoles, unos fardeles y tirritarras. No tienen aforros ni calzones pa llevar la casa, y pa remate suelen taberniar.
- Esto ya me lo sé, repuso Tolín, porque "Mediopito" me lo cuenta de su padre y de su madre. Pero me estaba usted diciendo, tío Zaca, un cuento de gallos que no cantaban en la casa y entonces empezaron a cantar las gallinas.
- jAgudico! jagudico! Esos maridos baldragas y fandangos son una comparanza con los gallos que no cantan en el corral.
- Ahora sí. Ya lo cojo. Y las mujeres son las gallinas, añadío Tolín.
- Al ser los hombres casados, como gallos que no gallean, como se dice, entonces las mujeres se engallan, o sía, se hacen mandamases y gobernudas.

Y así como el marido se va a taberniar, las mujeres se hacen callejeras, parranderas y farrusquian por todo, hasta de noche.

- Ya nos dice don Sebas -repuso Tolín- que, cuando toca la campana a rezar, todos debemos meternos en casa.
- Y las mujeres más -replicó Zacarra-, por aquello de que las mujeres y las cabras pronto a sus casas. De otro modo, todo va a pior que pior.

El viento soplaba y silbaba incesantemente entre los matorrales de la ladera. Las cabras, impertérritas, engullían vorazmente cuanto brotaba a su paso, que no era poco. Zacarra continuó:

- Tolín, a la mujer y al viento, pocas veces y con tiento.

El tema cambió con brusquedad inesperada. Por aquellos días, Zacarra solía llevar a cabo la castración de algunos cabritos, destinados a ser irascos, como los llaman por Gallipienzo. De mayores comandan los rebaños y hatajos y de sus cuellos penden enormes cencerros.

Quizás esta tarea de Zacarra, unida al lugar donde se encontraban, "la Cabaña de los curas", o las lejanas campanadas de la torre llamando al Rosario, formaron en la mente de nuestro cabrero una asociación de ideas tan repentinas, que del tema de las mujeres saltó al de los clérigos, descolgándose con unos versos llenos de donaire e ingenio, que recogían una antigua fantasía popular:

"El cura, para ser cura,
ha de ser como el cabrito,
que para ser buen irasco,
hay que capar de chiquito".

Ningún comentario hizo Zacarra, ni tampoco pidió Tolín explicaciones, ya que se limitó a esbozar una sonrisa inocente y admirativa a la vez. Quizás pensó Tolín para sus adentros que sería capaz de repetir los versos a sus amigos "Currusco" y compañía.

Todavía siguió Zacarra con algunos otros dichos que conservamos, dentro del tema clerical.

Zacarra no tenía buen recuerdo de un cura joven que vino al pueblo y que él no conoció, pero cuya historia oyó de labios de Celes. Parece ser que este novel sacerdote quiso cambiar muchas cosas, incluido el lugar de las imágenes de la parroquia, la manera de tocar las campanas, etc.

Era un sacerdote al que le gustaba mucho pescar barbos en el río Melenas y en el Molinaz. Visitaba mucho las casas, cosa digna de alabanza, si para bien de ánimas se hace.

El caso es que no cayó muy bien en el pueblo y duró muy poco tiempo.

Tolín contaba que su tío Zaca sentía gran veneración por don Sebas, y que un invierno don Sebas tuvo que irse a su familia durante una temporada, sustituyéndole uno de sus ayudantes.

Entonces, mi tío, en este mismo lugar de la "Cabaña de los curas", me contó la historia que oyó a Celes, el "Muñigas", de un cura nuevo.

- "Era un cura joven sabelotodo, poco remau por la gente. Todo lo ponía patas arriba. Ya se sabe. Cura joven, santos en danza. Se iba p'al río y como dice Celes, jsi los curas van de peces, que no harán los feligreses? Y siempre trotando calles y coscorroniando".

Se cuenta también que de vez en cuando menudeaba por Gallipienzo un fraile gordo y coloradote. Zacarra, con la mayor naturalidad, mientras se ajustaba un poco la zamarra, al final de la historia del cura joven, añadió a modo de coletilla esta frase singular:

- "Del viento helado y del fraile colorado, guárdeme el Señor Jesús". También se atribuye al cabrero de Gallipienzo este dicho de similar pelaje que el anterior: "Avergonzado va el abad por entre el matorral, y el cura por la espesura".

Todavía tuvo Zacarra un último recuerdo para el sexo femenino, esta vez en un aspecto bastante más positivo que el que hasta ahora había demostrado en su proverbial lenguaje. Su infancia y las relaciones con su madre, de las que no sabemos absolutamente nada, podrían haber fraguado algunos dichos atribuidos a Zacarra.

- Tolín, no olvides, si alguna vez te casas, que en los maridos debe haber prudencia, y en las mujeres, paciencia. Y poco te importe el que tengan mucha o poca dote, porque mujer hacendosa vale más que mujer hacendada. Y entre las mujeres, la mejor, la que tiene siempre algo que hacer, como me decía mi madre: "Toma casa con hogar y mujer que sepa hilar". Y no te fíes jamás de las que se acicalan y embadurnan, porque barro y cal esconden mucho mal. Y ante todo, que tengan un poco de crianza.

Guárdate de enamorarte de mujer por las alabanzas que de ella te dieren.

Del tiempo y de las mujeres, sólo lo que vieres.

Huye como alma que lleva el diablo de las parlanchinas y parleras: "Quien toma mujer parlera, no le faltará nunca guerra". Y va sin decir ... que debe ser trabajadora porque "mujer que no es laboriosa, o es pecadora o es golosa...".

Con estas consideraciones terminaron aquel día y se encaminaron hacia la cabrería de invierno, sita en la parte más alta de Gallipienzo por la zona de las erachas, cerca del peñasco de los buitres.

Es de suponer que en casa, junto al hogar, Zacarra seguiría con sus cavilaciones. No podía ser menos.



IX. SE RELATA EL UNICO HECHO POR EL QUE ZACARRA SE HIZO CELEBRE

Corrían los primeros días de marzo. El Ayuntamiento de Gallipienzo, tras los considerandos pertinentes, publicó un bando por el que las cabras de la villa, dada la escasez de pasto, debían trasladarse a los pastizales de la zona de Zabaleta, colindante con la muga de Murillo y de Ujué.

El bando era rotundo y grandilocuente, obra del secretario don Marcelo, al que hasta en su lenguaje ordinario le gustaba el estilo acolchado, rebosante e indigesto.

A Zacarra y a Tolín, les pilló de improviso este bando tan campanudo y ' sólo entendieron que tenían que ausentarse del pueblo tres meses.

Y esto, a la verdad, por lo menos a Tolín, le resultaba duro de roer, aunque daba todo por bueno por estar con su tío Zaca, el ser más querido que tenía en el mundo, junto con Zartxu.

También sentía cierta tristeza y nostalgia al pensar que se iba a quedar sin la compañía de "Mocoverde", del "Currusco", del "Mostillo" y demás comparsa, ya mozos, si bien es verdad que cada diez días volvería al pueblo con el burro Chairo que el Ayuntamiento ponía a su disposición, para llevar los alimentos necesarios.

Así las cosas, y con cierta mezcla de resignación y mala gana, aparejaron a Chairo con la zalma y la baticola bien ajustada.

Llevaban pan, aceite, abadejo, patatas, sal, vino y alguna que otra cosilla. Aquella zona tan poblada de conejos y perdices, y a la orilla del río, no les crearía problemas para buenos ranchos y para exquisitas fuentes.

Recogieron las cabras en la zona de la "Peña del Bollo" y se dirigieron hacia Zabaleta. Los animales se detenían de vez en cuando para triscar y calmar el hambre.

Zacarra y Tolín comieron en camino. Todo ello motivó que llegaran a Zabaleta al anochecer, con el tiempo justo para encerrar en la paridera señalada en el bando, tomar un poco de alimento y acostarse en la misma paridera, con un poco de paja, con los mismos animales.

Por el camino, Zacarra y Tolín trabaron conversación sobre un detalle que el lector de esta historia debe tener muy en cuenta. Nadie del pueblo, ni siquiera el alcalde ni el alguacil, había salido a despedirlos, ni a interesarse por nada de nada. Sólo don Sebas tuvo una pequeña conversación al salir de Misa primera el domingo anterior.

Así fueron transcurriendo los días, tan cambiantes como la zona misma donde la orden del alcalde los había destinado.

Desayuno frugal, con pan quiscorriau como lo llamaba Zacarra, y chocolate, almuerzo con guisado de patatas y conejo, abadejo para cenar.

La hierba era abundante y frondosa. Si apretaba el calor, Zacarra y Tolín se situaban a comer debajo de unas matas copudas. Si el frío los acosaba, se guarecían detrás de una gran roca. Por la mañana, indefectiblemente, revisaban los lazos de conejo y perdiz que habían puesto la noche anterior. Siempre había piezas para el rancho.

Por la noche, como si estuvieran en su casa de Gallipienzo, Zacarra relataba a Tolín muchas historias y cuentos de pastores, de ladrones, de lobos.

A los diez días, según lo establecido, Tolín aparejó a Chairo y muy de mañana volvió al pueblo. Por la tarde, ya estaba de regreso, con la natural alegría de Zacarra, ávido de noticias. Tolín traía repuestos de todo, incluidas las piedras de mechero, aunque, en honor a la verdad, Zacarra, para ahorrárselas, dejaba por la noche el rescoldo entre las cenizas.

Pero si Tolín había venido trayendo fielmente cuanto necesitaban, el chico llegaba escaso de noticias. Nadie le preguntaba nada. A lo más, un leve saludo y sonrisa de sus amigos. Ni la dueña de la botiga donde se abastecía de todo se interesaba por su estancia en Zabaleta.

Zacarra pensaba y comentaba todo esto con ciertos ribetes de amargura.

- Si al menos preguntaran por sus cabras ... En fin, puestos en el burro, aguantaremos los palos.

Los días pasaban con su programa habitual y monótono. Ni una persona, ni siquiera de pasada, se acercaba por allí. Los campos y las viñas verdegueaban exuberantes, y los innumerables pajarillos se aprestaban a tomar las providencias para construir sus nidos y continuar sus respectivas especies.

En uno de los días en que el sol, en oleadas de luz, iluminaba toda la cuenca del río, Zacarra y Tolín tuvieron la ocurrencia de probar fortuna pescando a mano.

Poca fe tenía en la aventura Zacarra, cuando nada más pisar el agua sentenció gravemente:

- Ni anzuelo, ni caña. Sólo el cebo los engaña, decían los antiguos.
- Y nosotros sólo tenemos las manos, -concluyó Tolín.
- ¡Redioro, qué cantalazo! ... gruñó Zacarra, casi resbalándose entre las piedras.

Ambos seguían silenciosos en su inhabitual tarea, rebuscando entre ruejos y pedruscos. Zacarra, quizás acordándose de los exquisitos ranchos de patatas con conejo, prosiguió:

- Carne, carne cría, y los barbos, el agua fría ...
- ¡Aquí los tengo!, gritó alborozado Tolín.

Acudió a trompicones Zacarra. En efecto, dos hermosos barbos fueron despedidos por Tolín hasta la orilla. Mientras éstos saltaban y pirueteaban agónicos, siguieron en la faena.

Así pasaron largo rato. No les fue mal del todo su aventura, ya que, al anochecer, en el rescoldo del hogaril, al menos una docena de barbos y madrillas se turraron primorosamente.

Mientras Zacarra saboreaba un barbo, dijo: "Tolín, el enamorado y el pez, frescos tienen que ser".

De nuevo llegó la fecha del retorno de Tolín al pueblo, y así una vez y otra vez, con los mismos resultados. No sólo el alcalde ni el alguacil, pero ni siquiera Valero, ni el "Muñigas", ni "Zampahigos", ni los ganaderos, ni nadie del pueblo, salvo don Sebas, se interesaban por ellos. Ninguno pensaba en estos bravos y duros guerreros que, como impertérritos centinelas, desafiaban el agua, el viento, los truenos y los rayos, los granizos y borrascas que batían inmisericordes más de un día y de una noche, las agrietadas paredes del corral.

Nadie de Gallipienzo pensaba que la soledad y la añoranza pueden minar el temple de las personas más curtidas en los avatares de la vida.

Tolín regresó del pueblo con los suministros para los últimos días. La temporada tocaba a su fin. Ante las insistentes preguntas de Zacarra, todas ellas envueltas en asombro y admiración ante el olvido de sus paisanos, Tolín respondió secamente y con tristeza:

- Nadie se acuerda de las cabras ni de los cabreros.

Estos últimos días de Zacarra en Zabaleta estuvieron impregnados de intensa amargura y desasosiego. Siempre cavilante y pensativo, algo importante debía estar cociendo en su interior. Tolín contaba que en estos días más que nunca, su tío Zaca se hablaba solo, y también con el perro, e incluso con las cabras. Con él hablaba poco. Tolín nos ha transmitido sólo una frase que pronunció en la última cena que tuvieron, la noche anterior a la partida. Así lo recordaba Tolín:

"Era escuro ciego, cuando preparamos la última cena en Zabaleta, más abundosa que las otras. Encendimos el candil por última vez. Comimos tortilla con patata y cebolla, y un poco de conejo asado que quedaba del almuerzo. Agotemos todo el vino, que no era mucho y mi tío Zaca, a la verdad, no cenó mucho. Estaba callandoso y caviloso, y de lo poco que habló se me quedó una frase:

- Tolín. El alma con tristuras, hasta en los gustos llora.

No la entendí, ni pedí explicaciones".

Se acostaron como siempre. Tolín durmió intranquilo, porque le oía hablar a su tío Zaca y pronunciar frases incoherentes.

Amaneció por fin. Era a finales de mayo. Tras desayunar pan con una onza de chocolate, aparejaron a Chairo. Tolín se dispuso a abrir la caleta del corral para dar salida a los animales. Zacarra caminó presuroso tras él y, sin mediar palabra, no le permitió abrir la puerta de la borda. Ni tardo ni perezoso, se subió a la caleta y, desde esa improvisada tribuna, Zacarra pronunció quizás el más demoledor y acerado parlamento que pastor alguno haya podido proferir en este mundo.

Todas las cabras, acostumbradas a la rutina diaria, miraban hacia la cancilla esperando impacientes con sus balidos y esquileos la rápida salida hacia la pacida. Pero esta vez, fue asombroso.

Al ver a su cuidador y amigo en semejante posición, paseando la mirada por todo el descubierto de la corraliza y agarrado con las manos al travesaño superior de la caleta, mientras Tolín y el perro se mantenían quedos un poco detrás, se quedaron como estatuas inmóviles y mudas. Zacarra, con voz despaciosa y bastante fuerte, pero profundamente sentida, inició así su bien pensado discurso:

- Sufridoras y amigas del día y de la noche, del sol y de la sombra, de la tormenta y de la calma. Se acabó nuestro destierro en esta ventorrera y amoladora Zabaleta.
- No terminaría de afajinar cosas bonicas de todas, sin olvidáme tampoco de los aquerras irascos y pelajes, pues tenéis mucho buenas aguantaderas. Hay de deciros que con Tolín y Zartxu, sois los únicos amigos que tengo en este falandrajero y cagau mundo, abutiforrau de bocones y cascazuris, de cascarrones y charranes. Pero, idemonio matutino!, pior que todo eso, con ser tan merdusquero, hay otra cosa.
- Me fastidian los gatamusas, los que no son capaces de agradecer los servicios de los que sólo tienen abarcas, espaldero y unos arrabetates. Me fastian los que tienen tantas duricies en su concencia y en su corazón, que no se acuerdan ni de sus cabras, ni mucho menos de los cabreros.
- Me fastian los que sólo piensan en su renombrancia, en su logaril y en sus presumiderías.
- Por eso, Tolín, Zartxu y yo os agradecemos vuestra calorica y vuestro aliento en las noches de ventorrera fría.
- No queremos ser como el demonio, que es un chapucero desagradecido. El que no agradece, a Satán se parece.
- ¡Qué tres meses hemos pasao! Hemos aguantau junticos las tormentas, las ventiscas, los aguaceros, las granizadas, las tronadas y hasta el calorazo y las sofoquinas, y también, buenos raticos de sol, paz y calma. Hemos estau junticos en esta resquebrajada y destartalada corraliza con que vuestros agasajosos y pelamorros dueños y el alcalde del pueblo nos han obsequiau.
- Habéis aligerau mis tristuras y todos los escarabajeos y hormigueos que se me meten en la sesera y me chucarran y quiscorrian por aquí dentro.
- Y más de noche, baladriando con pensares de esa catadura, de esa gente de mala crianza, gastona y postinera, que piensa en todo menos en los que los aguantamos sin decir ni mu. Gracias, sufridas compañeras.
- Desdichas y caminos, hacen buenos amigos. Y aunque a un desdichau como vuestro cabrero, le buscan las desdichas y malapasadas por todos los rincones y corrales, con vosotras a mi lado he tenido buen conformar.
- Ya sabéis, amigas de fatigas y tormentas, y lo saben también Tolín y Zartxu: "El que con su desgracia se conforma, su dicha se forma".
- Gracias, muchas gracias por vuestro calor inseparable, a un cabrero como yo.
- Vuestros dueños, vuestros amos, a quien humildemente sirvo, no son como vosotras. Por un lau te manosean y por otro te mordisquean.
- Queridas cabras, chotos, irascos y cabritillos. Más vale vuestra amigancia callandosa que los lametazos y atusamientos de esos enreadores, rutiñosos, cagaus y chupacharcos de amor vuestros y míos, que te dejan el cuerpo llenico de lamisquiaduras y zalamerías y el alma llena de sequez y resquebrajaduras como esas rocas que tenemos en el cerro.
- Andragueros, falsos y zalameros, nunca son amigos de los cabreros, decía el Boni.
- Porque nuestro caletre nos dice, sin ser sabirondos ni tampoco alelaus, que esos repolaineros y pindongueros por delante amagan y por detrás cocean, tiran pingas, como dice Valero, y además de cocear, te raden.
- El buenísimo don Sebas, que no nos olvida, dice en la iglesia que esos tales "llevan la cruz en el pecho y al diablo matutino en los hechos".
(Tolín, Zartxu y el ganado seguían inmóviles, y hasta comenzó el remugueo entre las cabras).

Zacarra se ajustó la boina en este preciso momento y prosiguió a gritos, como fuera de sí.

- Ya sabéis que amor con amor se paga, y que a todo cerdo llega su San Martín. Como la ocasión la pintan calva, y cuando el aire es favorable hay que aprovechálo, prestad atención, sufridos y queridos amigos y amigas:

- A buen hambre, no hay pan duro, ni debe faltar salsa a ninguno, y como a barriga llena, corazón contento, ha llegado la hora de recompensar vuestra leal amiganza y compañía.. .
 - Amos y dueños que no dais, ¿qué esperáis? Pan, pan, muchos lo toman y pocos lo dan. ¿Quién puede poner prohibiciones a mis cabras queridas? Que ayunen los santos, que no tienen tripas. Así paga el diablo, a los amos desagradecidos.

Dicho esto, se bajó de la caleta y la abrió con energía. Ayudado por Zartxu y por el asombrado Tolín, metió las cabras por todos los viñedos y campos verdeantes como nunca. Zacarra callaba. Estaba en otro mundo, ensimismado, enajenado. De pronto, levantó la voz.

- Devorad, arrasad, triscad, retozad. Todo es de vuestros amos, de vuestros señores, de vuestros dueños, de los míos. Se verán muy contentos. Os premian vuestros largos días de ausencia.

Tras breve pausa, continuó:

- Dios del cielo. Ya sé que no es bueno vengarse, pero no es malo refrescar memorias, ni desquitarse. Señor Dios, buen Pastor, perdona este regalo que he guardado pa mis queridas cabras. A mucho amor, mucho perdón, y la pasión, digna es de conmiseración.

Por espacio de tres o cuatro horas, los animales asolaron los campos y viñas. Aquel año, no hubo cosecha de ningún tipo por aquella zona.

Regresaron al pueblo. Zacarra volvió a su normalidad, como si nada hubiera pasado. En Gallipienzo les esperaba toda la chiquillería. Nadie supo nada hasta meses atrás.

Corrió la noticia con la natural ruidería de pueblo. El señor alcalde habló con Zacarra largamente, así como- con Tolín. Cuentan que Zacarra no dijo ni media palabra.

El caso es que el cabrero siguió como siempre. Que todos se acordaron durante toda su vida y cuentan de generación en generación esta anécdota de Zacarra, que pasó a la leyenda precisamente por este desaguisado, por esta zacarrada, como decía la gente. Pero gracias a ella hemos podido saber lo mucho de bueno y sabio que atesoraba el corazón de este cabrero entrañable y, por supuesto, digno de memoria.

Tolín se fue haciendo cada vez más hombre, y su comparsa de amigos también. Los niños y niñas del pueblo eran ya distintos, por ley de vida. El hatajo de cabras fue creciendo en número. Los años iban pasando y pesando sobre Zacarra como una carga tremenda.

Día tras día recorriendo siempre las mismas tierras, los mismos caminos, andando y desandando senderos y vericuetos, aguantando las intemperies más crudas y los calores más justicieros, hasta muy entrado en años.

Los últimos años ya no salía con la cabrería. Se contentaba con esperar a Tolín, su sustituto en el oficio de cabrero.

Zacarra fue querido de todos, respetado, admirado por su trabajo, por su sensatez, por su talento natural.



X. RÉQUIEM POR UN HUMILDE CABRERO

Zacarías Eseverri Miquelana, Zacarra, el célebre cabrero de Gallipienzo, murió víctima de una pulmonía en los primeros días de febrero de 1850.

Don Nazario, el médico del pueblo, se vio impotente para atajar el mal.

Los setenta años durísimos de este humilde cabrero minaron poco a poco su salud de roca. Solamente tres días guardó cama. Hasta entonces, se mantuvo como un gladiador en su campo de batalla.

Como testigos de su apacible muerte, sólo Tolín, ya mayor, y don Sebas, casi nonagenario.

Zacarra observó, aunque dificultosamente, la tristeza que invadía a su inseparable Tolín, y entre golpes intermitentes de tos, logró decirle:

- Tolín, ningún día es malo, si la muerte viene a tiempo.

Fue la última de las innumerables sentencias que pronunció en su vida.

Dos días antes, le había dicho a don Nazario:

- En mal de muerte, no hay doctor que acierte.

Don Sebas le prestó los últimos auxilios espirituales, y recitó la Recomendación del alma. Zacarra musitó su postrera oración en este mundo:

"Como estoy en esta cama,
estaré en mi sepultura.
Ahora que llega mi muerte,
ayúdame Virgen pura.

En tus manos, Buen Pastor,
me entrego ya por entero.
No lo niegues tu favor
al más humilde cabrero".

Así rindió su alma el pobre y humilde Zacarra, en las manos del Señor.

Tolín y don Sebas se emocionaron. Ellos mismos amortajaron a Zacarra con su ropa normal de pastor, incluidas la zamarra y la boina.

El pueblo entero desfiló para darle su último adiós, y rezaron devotamente el Rosario como es costumbre en Gallipienzo.

- "Los buenos, Dios se los lleva. Los malos, aquí se quedan", murmuraron unas viejecitas vestidas de negro. Celestino y Valero, acompañados de Tolín, velaron toda la noche en la estancia mortuoria, iluminada por cuatro enormes cirios que puso don Sebas.

Al día siguiente fue el funeral y el entierro. Aquel día frío y desapacible de febrero el lenguaje de las campanas parroquiales redoblaron con acentos más quejumbrosos y sombríos que nunca.

Nadie del pueblo faltó a la Misa de Requiem. A continuación el cortejo fúnebre enfiló las cuestas del pueblo hacia el camposanto, situado en la parte alta del mismo, junto a la ermita del Salvador.

Lloviznaba insistentemente. La cruz parroquial, flanqueada por dos ciriales, abría el cortejo. don Sebas, con sobrepelliz blanco y estola negra, seguía a los monaguillos. A continuación, el féretro, portado a hombros por Tolín y por sus amigos de infancia y de siempre, "el Mostillo", "el Currusco", el Mocoverde" y otros que se turnaban por llevarlo. Seguían los hombres y mujeres, y todos los niños y niñas del pueblo con sus maestros, todos muy tristes y compungidos, mientras resonaban, cada vez más lúgubres, los bronces de la torre.

Algunas cabras, desperdigadas por entre las sinuosas callejuelas, parecían dar su último homenaje a su inseparable pastor.

Llegados al camposanto, y tras los ritos de rigor, el cuerpo de Zacarías Eseverri recibió cristiana sepultura.

En el sitio exacto de su reposo, el Ayuntamiento levantó una lápida funeraria que se mantuvo erguida muchos años, como eterno vigía, desafiando intemperies, como el que allí dormía para siempre. En la lápida figuraba esta leyenda:

+
AQUÍ DESCANSA
ZACARÍAS ESEVERRI MIQUELENA
FALLECIDO A LOS 70 AÑOS
EL 6 DE FEBRERO DE 1850
R.I.P.


 Para conocimiento de los interesados en esta historia, sabemos que Tolín recibió como única y gloriosa herencia la gayata de fresno afiligranada y la honda de Zacarra. Zartxu había muerto hacía años de puro viejo y le sucedió en su oficio un perro medio agalganado que les regaló Valero.

Siguió Tolín su oficio de cabrero durante algunos años. Luego recibió una herencia de trescientas ovejas de su tío el Zaborte, y tuvo que ausentarse de Gallipienzo.

Seguía bajando desde la montaña hasta muy anciano, para visitar en el camposanto a Zacarra, el ser más querido que tuvo en el mundo, el pobre y humilde cabrero de Gallipienzo.


 
Notas:
1. Alfonso el Batallador (1079), rey de Pamplona y Aragón, concedió y la hizo merced de pastos y aprovechamiento en las Bardenas reales, cuyo privilegio fue confirmado por los reyes sucesores. En 1237 Teobaldo 1 arregló sus pechas de manera que sólo pagase 200 cahices, mitad trigo y mitad cebada, y 200 sueldos por la cena: que sus habitantes no fuesen a labrar ni a facendura ninguna, salvo los derechos reales de hueste, cabalgada y las colonias. El rey Felipe de Francia y Navarra confirmó dicho privilegio por los años 1300. En 1366, existían en Gallipienzo 60 vecinos, entre 4 hidalgos. En 1375, Carlos 11 donó el castillo, pueblo, pechas, bailio y jurisdicción, baja y mediana a Fernando de Ayanz perpetuamente para él y sus herederos; pero este señor había vuelto ya al mismo rey en 1380, en que consta donó nuevamente el pueblo de Gallipienzo, con todas sus pechas, a Remiro de Arellano su cambaslen, reservándose la alta justicia, el resort, la pecha de los judíos y las ayudas extraordinarias. En 1450 Juan 11 donó la pecha de dicho pueblo a Juan de Ezpeleta; era entonces esta pecha de 80 cahices de trigo, otros 80 de cebada y 12 lobras. Posteriormente se redujo toda ella a 127 libras y 10 sueldos con título de censo perpetuo que cobraba Cristan de Ezpeleta, sucesor de Juan. (Diccionario geográfico-estadistico-histórico de España y stls posesiones de Ultramar. Por Pascua1 Madoz (en 16 tomos). Tomo VIII, Madrid, 1847, p. 285).

2. En tiempos de Zacarra, a juzgar por los documentos de entonces, Gallipienzo poseía dos parroquias: San Pedro y San Salvador, un cementerio en la parte más elevada del pueblo, ocho ermitas dedicadas a San Babil, Santa Elena, La Concepción, Santa Quiteria, San Zoilo, San Pelayo, San Juan y San Sebastián, actualmente derruidas. Junto a la de Santa Quiteria, se dice que existió un monasterio de templarios y luego de cistercienses. Por sentencia judicial, este monasterio pasó a propiedad de la villa. Servían al poblado un Párroco y tres Beneficiados.

3. Nota importante: Consúltese el VOCABULARIO final para mejor entender y comprender esta fidedigna historia.  

4. La bajada de la montaña a la Ribera, a herbagar, a invernar, se llamaba dedallada. Era por San Miguel, a final de septiembre. Por Gallipienzo coincidía a veces con días de bastante calor.

Había una copla alusiva a esa bajada de los rebaños:

Ya ha llegado San Miguel.
Pastores a la Bardena.
a beber agua de balsa
v a dormir a la serena

La subida de los rebaños se llamaba puyada, y se hacía por la Cruz de mayo, los pastores subían muy alegres:

Ya ha llegado Santa Cruz.
Pastores, a la montaña,
a comer migas con magra
y a dormir en buena cama.

5. A Tolín le llamaban en Gallipienzo el Rapatanico, con la acepción de chiquillo al servicio de otro. Es diminutivo de Rapatán, Rabadán, equivalente a Zagal.
De la Ribera es este diálogo:
- Rapatán, a la majada.
- ¡Ay!, señor; que hay mucha rosada.
- Rapatán, a las migas.
- ¡Ay!, señor; voy enseguida.
- Rapatanico, al rinconcico.
- Voy corriendo. ¡Qué gustico!

 6. Zacarra, según las épocas, acostumbraba a traer los bolsillos repletos de catites y de manzanicas de pastor para la chiquillería que le esperaba en la cabrería.

7. Carduba - Llamado hongo de los cirujanos, se empleaba, entre otros usos, para detener hemorragias. Bálsamo tranquilo - Remedio casero de medicina popular a base de aceite de saúco, sal, vinagre, piel de culebra, etc., y se usaba para curar heridas.





VOCABULARlO

ABABOL. Persona abobada
ABOGAU DE SECANO. Que no sabe nada y pretende enseñar
ABORRAL. Terreno de pasto provisional
ABUTIFORRAU. Harto de comer, lleno
ACABACASAS. Persona malgastadora
ACABALLAU. Ponerse una cosa sobre otra
ACACHETEAR. Dar la puntilla a una res
ACARRAZAR. Parición de las cabras u ovejas
ACURRUNCHOS. Excederse en ternezas
ACHIQUENQUE. Propenso a algo
AFAJINAR. Hacer fajos. hacer acopio
AFORROS. Tener condiciones
AGUANTADERAS. Aguante
AITABORCE. Abuelo
AIRUZ. Aire o viento fuerte. Ventarrón. Airazo. Airaz
ALBEITAR. Veterinario
ALCORCE. Atajo del camino
ALCOTETAS, A CONGUILIS. A hombros, a horcajadas
ALDARRO. Anda dificultosamente, por edad u otra cosa
ALMUTADA. Gran cantidad. Almute, medida para cereales
ALICUANDO. De vez en cuando
ALRODIAR. Rodear
ALUEGO. Luego
AMACHAUTINES. Fruto del boj
AMALICIAR. Viciar, corromper
AMARGURAS. Lluvia fina que azota la cara
AMIGANZA. Amistad
AMOLAR. Fastidiar
ANDRAGUERO. Chismoso, entrometido
ANGANETA. Armazón de mimbre para llevar cuatro cántaros
APURRA. Miga
AQUERRA. Macho cabrío
ARBOLARIO. Extravagante, raro
ARRABETATES. Pantalones muy remendados
ATABALOY. Planta narcótica para curar picaduras
AVELETA. Buitre
BALADREO. Devaneo y bullir de pensamientos
BALDURRA. Garrote
BARDA. Depósito de leña
BARRIALTO. Barrio alto
BARTABURRIN. Lezna
BATICOLA. Correa del aparejo que pasa debajo de la cola
¡BIEN, SARTÉN!. Expresión cuando alguien hace un estropicio
BISCOR. Vigor, fuerza
BISCURNIA. Bizca
BIZOCA. Beata, santurrona
BLANDOR. Blando
BOCADICO. Comida ligera
BOCILLO. Zacuto
BOCHE. Cría de burra, pollino
BORDA. Corraliza
BORRO. Cordero grande castrado
BOTIGA. Tienda de ultramarinos
BOTONA. Mujer terca
BOTONUDA. Mujer de mal genio
BOTRINO. Unas redes con aros para pescar
BOYERO. Pastor de bueyes
BRAGUERO. Ubre
BRAGUETERA. Mujer lasciva
BRUJÓN. Chichón
BRUSQUIL. Corralillo oscuro para los chotos, recentales, etc.
BUHARRO. Ave parecida al buho
BUJACAR. Terreno de bojes
BURCIADA. Bofetada
BURRICIES. Terquedad
BURRUMBADA. Fanfarronada
BUSCARRUIDOS. Enredador, criticón, lioso
CACABILOR. Excremento de ganado cabrío
CACATERA. Entrometida
CACHO. Caído. Cuernos cachos, equivale a cuernos caídos
CACHURRINA. Olor a ovejas
CAFRADA. Brutalidad propia de cafres
CAGATECLAS. Simiente semejante al cañamón y produce diarrea
CAGAU. Mezquino, miserable
CALAMOQUINA. Niebla espesa y baja
CALFORRA. Cabellera revuelta
CALORINA. Calor excesivo
CALZORRA. Prostituta con los convecinos
CALLANDOSO. Reservado, callado
CAMANDULA. Falso, hipócrita
CAMASTRÓN. Mozo viejo
CANCO. Homosexual
CANDELERO. Levantado. Cuernos candeleros equivale a cuernos levantados
CANDONGUEAR. Hacer zalamerías
CANSERA. Cansancio
CANTAL. Piedra grande
CANTALAZO. Golpe de cantal
CANTICIO. Canto, canción
CANUCIDO. Podrido, enmohecido
CAÑADA. El rebaño trashumante o la ruta que sigue
CAÑADEAR. Trashumar
CAÑEDERO. Pastor de cañada
CAPORRAZ. Aguja saquera
CARAJERA. La entrepierna
CARDUBA. Hongo que detiene hemorragias
CARNALERA. Esquila de cabra
CARNELERA. Esquila de carnero
CARNUZ. Carroña
CARRAÑOSO. De mal genio
CATAPLEA. Pandilla
CATITE. Flor comestible que fructifica en "Manzanilla de Pastor"
CENEQUE. Pan duro
CIERZO ROYO. Viento norte helador, en contraposición al negro o suave
CIMBORRIO. Las entrañas
CIMURRO. Roñoso
CIQUIÑA. Suciedad
CIRRIOSO. Sucio, marrano
CIRRISTRARSE. Resbalarse
COGIVETE. Coge y vete. En sentido de rapidez
COICO. Recipiente de madera con asa y sirve de cueceleches
COLA DE CABALLO. Planta que cura erupciones de la piel
COLODRA. Vaso de cuerno
COMPANAJE. Comida del campo
CONCURRICO. Agachado
COPORRO. Colodra
CORRACILERO. Dueño de corralizas
CORROCLOCOS. Arrumacos, halagos
COSCOLA. Cabeza
COSTERA. Cuesta, pendiente
CRIANZA. Educación
CUCHIFARRO. Cuchillo grande
CUCHUFLAINAS. Bromas
CULEQUIAR. Ponerse cluecas las gallinas
CULERA. La parte del trasero
CULESTRO. Calostro. Cuajada de la primera leche de cabra después de parir
CURRUSCO. La parte extrema del pan
CHACLAS. Esquilas
CHARADA. Fogata
CHEMINERA. Chimenea
CHINCHERCO. Cencerro
CHIRICOTERO. Alimoche
CHOCOLATERA. Fruto del boj
CHOSNE. Pan pequeño
CHOTACABRAS. Pájaro de cola larga o pin -pin
CHULA. Lonja de tocino
CHUPACHARCOS. Ruin, rastrero
CHURRAPALO. Pájaro con una especie de moñete
CHUTE. Juego consistente en tirar piedras contra otra puesta verticalmente
DEBALLADA. Bajada de los rebaños trashumantes
DEMONIO MATUTINO. Expresión de enfado por algo mal hecho
DESENRONAR. Quitar estorbos
DESPATARRIAU. Con las piernas abiertas
DULA. Ganado mayor caballar, mular y asnal
DULERO. Que cuida la dula
EMPANADIZO. Panadizo o inflamación en los dedos
EMPENTÓN. Empujón, empellón
ESNUCARSE. Desnucarse
ESPALDERO. Zamarra de piel de cabra
ESPUENDA O EZPUENDA. Sendero
FACISTOL. Desastrado
FALANDREJO. Andrajo
FANSAINA. Sopa de vino
FARDEL. Descuidado, mal vestido
FARNACA. Cría de liebre
FARRUSQUIAR. Parrandear, pendonear
FARRUSQUIADOR. Pendenciero, camorrista
FASTIAR. Fastidiar, hartar, causar hastío
FATO. Olfato
FORERO. Entendido en leyes
FUMAQUERA. Humareda, despedir humo
FURO. Furioso
FURRUFALLAS. Engañadores, de baja estofa
FURRUNCHELAR. Furrundiar, hacer zumbido las piedras
GALFORRO. Gavilán
GANCHERAS. Agarrotadas las manos del frío
GARGALLETEAR. Beber a chorro
GATAMUSAS. Hipócrita, de apariencia mansa y luego hiere
GAYATA. Palo que termina en T
GAZTAMBERA. Leche cuajada
GEROBERO. Recadero
GIBANCIA. Molestia
GIRULO. De malas intenciones
GOBERNUDA. Imperiosa, mandona
GOLPEBELARRA. Hierba que cura los golpes
HABLADERAS. Que habla mucho
HABLADICA. Conversación breve
HIERBAGANTE. Tiene derecho a las hierbas de un terreno
HOGARIL. Fogón
HULE. Dar azotaina a los niños
IJADEO. Sofoco
ISKA. Voz para llamar a las cabras
INQUIRRIA. Tirria, aborrecimiento
IRASCO. Macho cabrío castrado
JARCIA. Cuadrilla de personas
JERGA. Lenguaje especial de alguien
LAMETAZO. Golpes de lengua al lamer
LAMISQUIAR. Lamer
LANGARRA. Lluvia fina
LEVANTERO. Madrugador
LISTURA. Listeza, agudeza
LOGARIL. Hogaril
LLORISQUIAR. Lloriquear
LLORISQUIANDO. Lloriqueando
MALACHANDRA. De mala índole
MAMURRO. Llorón, gruñón
MANDINGÓN. Gandul, falso
MANFRODITA. Marica
MANZANICA DE PASTOR. Fruto de una planta silvestre
MARDANO. Carnero semental
MARTUZA. Mujer gorda y floja
MOCHA. Cabra sin cuernos
MODORRA. Somnolencia
MODORRINA. Modorra excesiva
MOÑETE. Moño sobre el cogote
MOQUIMOQUIANDO. Verter lágrimas nasales
MORCILLÓN. Morcilla grande, "ciega" o "cular"
MORRETES. Apelativo cariñoso
MOZOLO. Mochuelo
MUETE. Mocete
MUETICO. Diminutivo de mocete
MUIR. Ordeñar
MURMUTIAR. Hablar en voz baja quejándose de algo
NARRIA. Lluvia fina, sirimiri
NIERVO. Nervio
NI PICHA NI BORRO. Ni fu ni fa
OLERA. Que huele mucho
¡OJETE!. ¡Atención!
PATERA. Enfermedad del ganado
PELAJE. Ganado cabrío que guía al rebaño de ovejas o cabras
PELENDUSCA. Mujer ligera de cascos
PELIFORRA. Equivale a pelendusca
PICARDIOSO. Que tiene picardía, malicia
PIELETA O PIALETA. Paño grueso de lanilla para cubrir el pie
PINDONGUERO. Callejero
PINGA. Coz de burro o burra
PLASTONES. Chazas. Excremento de vaca
PLATICANTE. Practicante
POLPA. Carne sin hueso
PUYADA. Subida de los rebaños trashumantes
QUEJANZAS. Quejas
QUISCORRIAU. Tostado
RADER. Roer
RALERA. Esquila
RAPATAN. Criado al servicio de otro. Pastor, zagal
RAPATANICO. Diminutivo de rapatán
RASMIAZO. Arañazo
RECENTAL. Cabrito o cordero de leche
iRECRISTINA!. Expresión de disgusto o contrariedad
REPOLAINERO. Que no hace las cosas bien
RESUPINAR. Caerse un burro en mala postura y no poder levantarse
RIFOLADA. Merienda
RIPA. Tierra con declive
ROMPECRISMAS. Terreno abrupto
ROMPETECHOS. Persona de elevada estatura
RUEJO. Guijarro
RUTIÑOSO. Tacaño
SABIRONDO. Sabihondo. Presume de sabio
SOFOQUINA. Mucho sofoco
SOÑERA. Sueño excesivo
SUTONDO. Tronco en el fogón
TACO. Comida ligera
TAFADA. Olor fuerte
TARAFADA. Tafada
TARTARRIAR. Hablar mucho y de poco fundamento
TASAJO. Trozo de carne seca y salada
TIRRITARRA. Diarrea
TOCATA. Zurra
TRASMALLO. Aparejo de pesca con tres redes
TRISTURAS. Tristezas, angustias
TRUCO. Esquilón
TURRUFADA. Tafada
ZALMA. Aparejo de madera en forma de tijera
ZAMARRA. Piel de macho cabrío para cubrirse la espalda
ZARRATRACO. Andrajoso
ZURRUPERO. Zurrumpero. Deslizadero por cuesta resbaladiza
ZURRUPIAR. Resbalarse en zurrupero